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HE VISTO EL INFIERNO Y SE LLAMA H.L.S.
[extraido de la revista Mundo Vegano
numero 2]
El artículo que viene a continuación
ha sido escrito por Michelle Rokke que fue contratada
por PETA (People for the Ethical Treatment of Animals)
para que se infiltrase en el laboratorio que Huntingdon
Life Sciences (H.L.S.) tiene en EE.UU., esta historia
muestra los horrores de la vivisección de primera
mano. Nuestro objetivo es asegurarnos de que todo el
mundo conozca lo que sucede dentro de los laboratorios
y en particular dentro del infierno de H.L.S.
Una mano diminuta me alcanza tras deslizarse entre
los barrotes de acero, me lanza una penetrante mirada
antes de que sus delicados y ágiles dedos empiecen
a tirar impacientemente del elástico de mi gorro.
Tras tocarme ligeramente unas pocas veces, sus elegantes
dedos comienzan a acariciarme el pelo, las cejas y a
palparme la cara. Los suaves gemidos que emite pronto
se convierten en gritos de tortura. Un fuerte sonido
se oye cuando un cuerpo paralizado choca contra la fría
mesa de necropsia. Las uñas arañan la
superficie metálica al ser cortado un trozo de
piel de un brazo que se mueve nerviosamente. Queda la
vena expuesta esperando recibir una inyección
de algún fármaco letal. Recibe un corte
que va desde la barbilla hasta la ingle, el número
que lleva tatuado en el pecho queda irreconocible. Sus
rasgos se deforman y su pequeño puño se
cierra enérgicamente con cada corte del bisturí.
Cuando su piel ya vacía es arrojada con desprecio
a una bolsa de basura próxima y la figura con
bata blanca pide que traigan el siguiente mono me despierto
de un salto. Me digo a mí misma que solo ha sido
un sueño. Y a continuación me doy cuenta
de que no es ningún sueño, es una pesadilla
y todavía no ha terminado...
En Septiembre de 1996 mi vida dio un fuerte giro cuando
fui contratada como técnica en Huntingdon Life
Sciences en East Millstone, New Jersey, EE.UU.
Tras varios años trabajando como investigadora
secreta para People for the Ethical Treatment of Animals
(PETA) y recientemente, otras organizaciones, he sido
testigo de abusos cometidos contra animales a nivel
tanto individual como industrial, cientos y cientos
de veces. He visto gallinas siendo desgarradas tras
haber estado sufriendo durante meses en granjas de factoría,
débiles gatitos esperando su turno en las cámaras
de tortura de los investigadores, hembras embarazadas
a las que se les habían atado con correas bolsas
de orina para producir Premarin, miserables perros encerrados
en diminutas jaulas, e incontables animales golpeados,
pateados, acuchillados y estrangulados. Pero nada me
había preparado para lo que vi en Huntingdon
Life Sciences.
Mi trabajo como técnica consistía en encargarme
del cuidado de los animales. Me ocupé de perros,
ratas, ratones y monos, al menos mantuve sus jaulas
limpias. Si los hubiese cuidado, literalmente, no hubiese
visto tantos de ellos sufriendo y muriendo en vano dentro
de H.L.S. No seguiría viendo sus caras en mis
sueños.
Además de limpiar sus jaulas sujetaban a los
animales mientras les inyectaban todo tipo de sustancias
tóxicas. Limpié la sangre del suelo tras
las operaciones quirúrgicas realizadas por torpes
y muy mal entrenados empleados. Cuando los compuestos
químicos eran introducidos en los animales –en
sus narices, bocas, piel, venas, estómagos y
pulmones, pensaba en sus efectos y en el sufrimiento
que provocaban, mientras tanto otros se encogían
de hombros y volvían a casa como si nada hubiese
ocurrido.
Aprendí que productos de limpieza, así
como docenas de medicamentos, productos agrícolas
y “fármacos prodigiosos”, todos ellos
habían provocado sufrimiento y muertes en H.L.S.
En otro lugar del laboratorio, cremas solares eran vertidas
sobre conejos, mientras las cobayas y los cerdos sufrían
otros experimentos inútiles.
No es ningún secreto entre los empleados que
los experimentos son ridículos y basados en dudosos
principios científicos. Cuando un famoso antihistamínico
tuvo que ser retirado del mercado uno de los técnicos
con mas experiencia señaló el titular
y dijo riéndose “¿qué hemos
creado esta vez?”. Las bromas sobre “fármacos
prodigiosos” incluían “esto es tanto
una cura contra las enfermedades como un fantástico
producto para adelgazar” y “¿es esto
un medicamento o es veneno para ratas?”.
A pesar de que mi deber era permanecer en el cuarto
de los animales “observándolos”,
en repetidas ocasiones se me advirtió que no
me preocupase de sus cambios en el estado de salud tras
haber recibido sus dosis, y que no los grabase. En una
ocasión, cuando le pregunté a un compañero
cual era el objetivo del experimento, me respondió
“solo porque un fármaco tenga un efecto
en un perro no quiere decir que también lo vaya
a tener sobre un humano”. A continuación
me dijo “el objetivo de los experimentos no es
el de proteger a las personas, sino el de conseguir
que el sponsor (la compañía que paga por
el experimento) haga más encargos al laboratorio.
El modo de conseguir más encargos es lograr que
el fármaco del sponsor entre a formar parte del
mercado”.
Trabajé para H.L.S. durante unos 8 meses y fui
contratada con pequeñísima experiencia
para limpiar jaulas; sujetar animales para que les administren
dosis o para ayudar en las operaciones. El programa
de enseñanza solía consistir en compañeros
de trabajo que me decían primero como se suponía
que se debían hacer las cosas y a continuación
cómo se hacen realmente. Al principio esto hacía
referencia al uso de desinfectantes en la jaula y el
cómo devolver los perros a las jaulas una vez
limpiados. Después, el total incumplimiento de
las normas pasó a ser más serio. En un
experimento encargado por Proctor & Gamble, no se
les administró anestésicos a unos primates
tras haber sufrido profundas operaciones quirúrgicas
en el abdomen. En otra ocasión los resultados
del experimento fueron deliberadamente modificados por
los empleados. En un estudio con perros, un beagle estuvo
gimiendo, llorando y agitándose día tras
día por el sufrimiento que le producía
el que a través de un tubo que era forzado a
entrar por la garganta se le administrase una sustancia
que jamás salvaría ninguna vida humana.
Yo seguía trabajando en HLS cuando mi supervisor
regresó de un viaje que había hecho al
Reino Unidos justo después de que el reportaje
de Zoe Broughton llamado “It´s a Dog´s
Life” (Una vida de perro) apareciese en la televisión.
Me dijo que quería hablar conmigo en privado
y me contó que un reportaje realizado con cámara
oculta había salido a la luz y que había
causado mucho alboroto. Me imaginé que a partir
de entonces se iban a producir muchos cambios en el
laboratorio de EE.UU. como consecuencia de lo que había
ocurrido en Inglaterra, pero me sorprendió que
nadie moviese un dedo por mejorar las rudimentarias
técnicas que se estaban usando. Me impresionó
que el reportaje “It´s a Dog´s Life”
no fuese abiertamente comentado con el objetivo de prevenir
que ocurran atrocidades similares a las de Inglaterra
en el laboratorio de EE.UU. Me impresionó también
que no solo no mejorasen el trato a los animales sino
que lo continuaron empeorando.
Cuando vi el reportaje de Zoe mi mente se quedó
asombrada ante lo que las dos habíamos visto;
aunque en el laboratorio que H.L.S. tiene en Inglaterra
parecía que los perros tenían jaulas mayores
y más oportunidades para realizar ejercicio,
el resto de las cosas parecían idénticas.
Falsificación de datos, errores en las dosis,
descarado maltrato a los animales y una nula consideración
al bienestar de los animales. La actitud de descuido
de los técnicos de H.L.S. mientras manejaban
a los animales y realizan los experimentos que son totalmente
inútiles para los seres humanos es completa y
profundamente enfermiza.
Más adelante, cuando leí el reportaje
realizado por Sarah Kite me horrorizó el ver
que nada había cambiado desde su primera investigación
en H.L.S. años atrás. El sistema de experimentación
animal obviamente no funciona para beneficiar a los
humanos, lo único que hace es provocar sufrimiento
a los animales. Los vivisectores, compañías
farmacéuticas, compañías de seguros
y los intereses de los laboratorios necesitan del cotidiano
fraude de la experimentación con animales para
que continúen ingresando dólares en sus
arcas. Después de haber sido testiga de una chapuza
tras otra más allá de las cerradas puertas
de un laboratorio, puedo decir firmemente que si la
cura para el SIDA o el cáncer o para la verruga
que tenía el Dr Frankenstein en su nariz se encuentra
a través de la experimentación animal
será un milagro.
La única solución para asegurar el bienestar
de los animales y la seguridad de los seres humanos
es prohibir la vivisección. Para validar y emplear
exclusivamente experimentos en los que no se emplean
animales que son mas seguros y fidedignos. Obviamente
esto es algo que los vivisectores aborrecen, ya que
los datos obtenidos por medio de la experimentación
animal pueden ser fácilmente manipulados para
que muestren los resultados deseados. Un estudio del
gobierno estadounidense indicó que más
del 50% de los fármacos son o bien retirados
o reetiquetados por la F.D.A. después de haber
sido empleados por seres humanos. Lo cierto es que,
la primera vez que un producto es empleado por una persona
es el momento en que podemos saber con certeza qué
consecuencias tiene dicho producto en los humanos. Todos
los experimentos realizados anteriormente, todo el sufrimiento,
todas las muertes de los animales torturados hasta morir
para ganar dinero, solo tiene como resultado una sustancia
desconocida en el mercado.
No es ninguna exageración cuando digo que tengo
pesadillas en las que aparecen animales que llegué
a amar en H.L.S. En otros casos en que he trabajado
no tuve la oportunidad de conocer cada animal-víctima
a nivel individual.
Cada día que trabajé, sujeté entre
mis brazos, apretando contra mi pecho perros beagles
y sentí su húmeda naricita en mi cuello.
Les vi peleando contra la jaula de acero de 90x90cm
(justos) en la que estaban encerrados. Vi a compañeros
de trabajo abofeteándoles, chillarles y columpiarlos
por los aires mientras los cogían de la nuca
cuando los tenían que mover de un lado a otro.
Yo tenía muchísimo cuidado de coger los
perros con delicadeza, y mantenerlos pegados a mí
cuando los llevaba desde su diminuta “casa”-jaula
a la jaula de “ejercicios” (una jaula de
gran tamaño en la que se suponía que había
que dejar a los perros durante 10 minutos unas pocas
veces a la semana, pero que raras veces sucedía).
No puedo evitar el recordar a aquellos que más
cariño cogí cada vez que veo un beagle
corriendo por el parque. Veo sus tristes caritas cuando
cierro los ojos. Me pregunto cómo sería
el ver a Spud, Joey, The Major y Ellie corriendo por
la hierba, siendo cuidados y amados en lugar de maltratados.
Cuando veo un beagle en el parque haciendo giros apoyado
en su espalda, la imagen que no me puedo quitar de la
cabeza es la de un beagle en la sala de necropsias echando
la cabeza hacia atrás a la vez que gime mientras
un bisturí le penetra, rajando su barbilla.
Cualquier serie de números enseguida me hace
recordar el tatuaje de un primate. Veo la suave textura
de la piel de un macaco. Veo sus uñas tan parecidas
a las nuestras y sus diminutos ombligos. Les veo usando
sus raras veces proporcionados espejos de “enriquecimiento”,
no para mirar a su propio reflejo sino para examinar
partes de la estéril habitación de cemento
que no tienen oportunidad de observar. “Cada uno
tiene sus propias huellas dactilares” alguien
me dijo una vez. No se si esto es cierto, pero sí
que se que cada uno de ellos es indudablemente diferente,
exactamente igual que las personas. Sé que si
el pelaje y la piel son rasgados en una dura herida
provocada por la jaula, la piel cicatrizada no muestra
ninguna diferencia con respecto a la de los humanos,
la foto de una cicatriz en el dedo de un mono muestra
este hecho.
Por supuesto esta foto, ni muchas otras jamás
serán publicadas. Cando los sucios secretos del
laboratorio de H.L.S. en EE.UU. fueron sacados a la
luz en 1997, no tardaron mucho las grandes compañías
que habían testado sus productos en H.L.S. en
gritar alarmados. No solo fueron expuestas las compañías-sponsor
por subvencionar el descarado maltrato a los animales
en un laboratorio al que habían contratado, también
el secreto e inútil ritual de la experimentación
animal fue expuesto de nuevo. H.L.S. consiguió
que los federales decretasen una orden de silencio para
mantener el fraude de la experimentación animal
oculto al público.
Llegaron muy lejos para asegurarse de que el público
no se diese cuenta de que la experimentación
animal no protege a la gente, que lo único que
consigue son fármacos inseguros y productos que
rápidamente acceden al mercado y los mantienen
ahí.
H.L.S. demandó a PETA, Ingrid Newkirk, Marybeth
Sweetland y a mí misma bajo el pretexto de estafa
y negocios secretos. Nos costó mucho deshacernos
de la Corte, en parte por un sistema legal que solo
puede ser descrito como lleno de prejuicios y predisposiciones
y la creencia de que la mayoría de la información
ya había salido a la luz.
Debido al acuerdo al que se llegó con H.L.S.
tengo prohibido hablar sobre muchos sufrimientos padecidos
por animales de los que fui testigo. No puedo dar datos
sobre experimentos, productos ni compañías
a pesar de que el público tiene derecho a tener
esta información. Pero no tengo prohibido el
decirle a todo el mundo que la experimentación
con animales es una farsa. He estado ahí y lo
he visto. La experimentación animal es una locura
–el juego de la ruleta rusa en el mejor de los
casos. En el peor, la experimentación animal
matará a nuestros amigos, humanos y no humanos.
Mantendrá a nuestros padres enfermos, y a nuestras
hermanas graves. Mantendrá el negocio de los
científicos y a los bancos mientras que nuestras
jóvenes madres serán sepultadas. Nunca
ayudará a nuestros hermanos, hijas o hijos. Dañará
a nuestros abuelos y el empresario continuará
haciéndose rico. La experimentación animal
compromete la seguridad de los humanos y el bienestar
de los animales. La experimentación animal mata.
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