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LA HISTORIA DE ROCKY
Por Mel Broughton
Traducido de la revista de arkangel nº 27
La historia del intento de
liberación del delfín Rocky y la consiguiente
campaña que confirmó su libertad ilustra
como la acción directa y las campañas
de cara al público pueden lograr objetivos muy
lejanos. Mirar atrás hacia el pasado puede ser
inspirador, esta historia nos enseña que como
movimiento no debemos pasar por alto el verdadero motivo
de cada forma de campaña que contribuye a darnos
fuerza. Se podría decir con razón que
nunca hemos sido un movimiento tan unido y cohesionado
como en los 80, obstaculizados por algunas organizaciones
nacionales (parte de las cuales ya han tomado un camino
mas reformista) que nos hicieron andar hacia atrás,
la acción directa y la parte legal estaban unidas
en una sola unidad. Las cosas han cambiado considerablemente.
Se ha aprendido mucho y se han hecho muchos logros desde
entonces, y continuamos aprendiendo y evolucionando
como movimiento, pero paralelamente a esto ha ido nuestra
fragmentación (originada por discrepancias internas
sobre qué es lo aceptable) y la consiguiente
pérdida del sentimiento de unidad que antes teníamos.
Esto es algo importantísimo que debemos resolver
si pretendemos tener la fuerza imparable que necesitamos.
La historia de Rocky y otros muchos artículos
que puedes encontrar en esta revista (Arkangel) nos
enseña con qué efectividad un acto puede
dar el disparo de salida a una campaña entera
que a su vez puede atraer a otros a seguir el mismo
camino. Nos demuestra lo vital que es para nosotras
elaborar ideas nuevas y aprender de hechos pasados que
las campañas con total dedicación y apoyo
son el camino hacia la victoria. A pesar de lo que haya
podido parecer, debemos movernos con el tiempo por encima
de todo y adaptar nuestras experiencias a la táctica
que sea necesaria en ese momento. Pero en ningún
caso se debe olvidar que todas formamos parte de una
misma unidad y que un pequeño incidente puede
tener como consecuencia una reacción en cadena
que afecte al movimiento al completo, desde las activistas
con pasamontañas hasta las que participan en
campañas legales para fomentar el respeto hacia
los animales.
Al principio un grupo pequeño de activistas
se unió para tramar lo que parecía ser
un plan absolutamente disparatado para liberar a Rocky
(un delfín utilizado para espectáculos
mantenido en cautividad durante mas de 20 años)
en el mar abierto de la bahía de Morecombe .
Lo que nadie podía prever eran los hechos que
se producirían como consecuencia del fracaso
de este intento de devolver a Rocky al mar abierto,
que se encontraba, literalmente, a tan solo unos metros
por detrás de los muros que rodeaban su diminuta
celda-piscina.
La historia de la vida de Rocky hasta ese momento era
de soledad y frustración. Todos los días
desde 1964 realizaba la misma sesión de ejercicios
degradantes en su espectáculo durante los periodos
de vacaciones, dirigidos a un público ajeno al
sufrimiento al que este animal inteligente y social
estaba sometido.
Durante los meses de invierno, sus días transcurrían
sin ningún estímulo en absoluto y había
pasado muchos años separado de los suyos. Todo
esto iba a cambiar gracias al esfuerzo del ALF y a una
campaña que hizo un grupo muy dedicado a la liberación
animal. El intento de liberar a Rocky en el mar acabó
cuando cuatro de los ocho activistas fueron arrestados,
incluyendo a Barry Horne y a un sargento retirado con
una larga carrera militar a sus espaldas. Formábamos
un grupo muy diverso pero lo que nos unía era
un sentimiento común de horror hacia las miserias
a las que se había sometido por simple entretenimiento
a esta criatura salvaje, libre y con espíritu.
Se pensó cuidadosamente sobre el tema y se hicieron
muchas investigaciones (incluyendo la consulta a un
experto sobre las probabilidades que tendría
Rocky de sobrevivir en libertad sin rehabilitación
después de tantos años) para elaborar
el plan de devolver a Rocky a la libertad, pero nos
desalentaba un último obstáculo. Ningún
plan nos resolvía el serio problema de poder
subirlo a una camilla diseñada para mamíferos
acuáticos y transportarlo a la frustrantemente
corta distancia al mar abierto. Tampoco podíamos
alterar las traicioneras mareas de esta bahía.
Unas regulares visitas que hicimos al delfinario durante
meses y que incluían baños nocturnos con
el prisionero nos permitieron darnos a conocer a Rocky.
Éste parecía encantado de romper la rutina
de su monótona vida, y no parecía relacionarnos
con los despechos que había sufrido por parte
de las humanas.
No sabíamos que nuestra primera visita iba a
ser suficiente para convencernos de lo verdaderamente
desesperante que era su situación. Una noche
saltamos al delfinario por el muro que estaba pegado
al mar, incontables kilómetros de este susurraban
a la arena bajo la luna llena. Ahí, en su diminuta
piscina, mas pequeña incluso de lo que aparentaba
por el día (ver foto), Rocky nadaba en repetidos
círculos, despierto y alerta. El sentimiento
de soledad que emanaba esta criatura social por naturaleza
era abrumante. Estuvimos ahí un tiempo conociéndonos
los unos a los otros y al león marino, encerrado
justo al lado. Fue durante una de estas visitas nocturnas
cuando una trabajadora de un hotel que estaba aburrida
nos vio salir del delfinario llevando una red y una
camilla, y llamó a la policía. El resto,
como ellos dicen, “es historia”.
Excepto que en este caso el juicio y la condena en 1988
de cuatro activistas del ALF por conspiración
para robar un delfín valorado en 11.000 libras
impulsó una campaña que nos haría
ver a Rocky libre y el cierre de todos los delfinarios
del Reino Unido. Se habló mucho durante el juicio
sobre la irresponsabilidad de intentar conseguirle a
Rocky su libertad y sobre la pérdida que le supondría
al pueblo Morecambe el desprenderse de este “atractivo
turístico”. Incluso se llamó a un
supuesto experto en delfines para que ofreciese su propia
condena profesional a la acción.
Mientras el juicio tomaba un rumbo que predecía
un triste final en el juzgado, una persona sentada entre
el público estaba dibujando planes mentalmente
para empezar una campaña que acabaría
viendo Morecambe Marineland cerrado y Rocky en libertad
después de 25 años preso. El destino de
las otras “piezas de museo”, como nos imaginábamos,
fue ser realojadas en otros zoos y parques.
Los cuatro activistas fueron encontrados culpables y
les condenaron a sentencias de libertad condicional
y a fuertes multas, pero unas pocas semanas después
de las sentencias, la campaña contra el delfinario
de Morecambe había entrado en acción.
Los activistas por los derechos de los animales que
actuaban de cara al público del noroeste y otras
partes del estado comenzaron a hacer piquetes en cada
actuación y una fuerte determinación de
ganar se apoderó de ellas. Ningún miembro
del público entraba al delfinario o se metía
en algún espectáculo sin ser advertidos
de los sufrimientos de Rocky y de porqué su vida
de cautividad y soledad forzada debía acabar.
Una guerra de desgaste que tenía como consecuencia
un número siempre creciente de gente que se iba
después de encontrarse con los piquetes y escuchar
sus argumentos.
Las que hacían la campaña organizaron
concentraciones para llamar la atención e hicieron
otras tretas publicitarias coordinadas con gente de
la zona mediante numerosos encuentros. Pronto era evidente
que la campaña estaba ganando y el cierre del
delfinario se convirtió en una realidad inminente,
la lucha empezó a garantizarle a Rocky un billete
seguro hacia la libertad. En ese momento Zoo Check,
una importante organización por el bienestar
animal, comenzó a intentar conseguir el dinero
necesario para llevarlo en avión al otro extremo
de la Tierra y poder proporcionarle un buen tanque para
antes de su liberación en las islas Turks y Caicos.
Fue algo que recibió mucha y muy buena publicidad
–es parte de la historia- no solo porque aquí
la acción directa se había combinado con
los activistas que trabajaban de cara al público
y grupos por el bienestar animal, acercándose
poco a poco a garantizar el objetivo común (en
el que también ayudó un pequeño
periódico) de liberar a Rocky, preso durante
tantos años por el simple hecho de ser un delfín.
Después de estar unos días en el último
tanque Rocky saltó el muro hacia la libertad
de una gran masa azul lejana.
Los hechos que propiciaron la campaña del delfinario
fueron como cuando se tira una bola de nieve por una
ladera nevada, al poco tiempo se habían empezado
campañas para cerrar el resto de los delfinarios
de Reino Unido. Mientras que algunas de estas campañas
fueron hechas y financiadas por grupos reformistas (del
tipo de los que luchan solo por el bienestar de los
animales encerrados, no por su liberación), el
impulsor había sido, sin duda alguna, el intento
de liberación por parte del ALF y el grupo por
los derechos de los animales que comenzó a trabajar
en cuanto los activistas fueron arrestados.
De los ocho activistas involucrados en el intento de
liberar a Rocky, cuatro siguen muy activos dedicando
sus vidas a la lucha de la liberación animal.
Tres ya no siguen en el movimiento y uno, Barry Horne,
ya no sigue con nosotras por haber sacrificado su vida
por la causa.
Todos los delfinarios del
U.K. ahora están cerrados y sus ocupantes libres.
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