|
|
AcciónVegana:¿Cómo
empezaste en la lucha?
John Curtin: Creo que fue a raíz de una relación
que tuve con una chica que era vegetariana. Durante tres
de los cuatro años que salimos juntos yo seguí
siendo un gran consumidor de carne. Me parecía
que el vegetarianismo estaba bien pero que no tenía
nada que ver conmigo. Cuando empecé a plantearme
la posibilidad de ser vegetariano me fui a vivir a Irlanda,
a una casa en medio del campo donde yo pasaba días
enteros con mi perro Pepe. Una noche Pepe se puso muy
enfermo y fui testigo de su abrupta pero dolorosa muerte.
El dolor que sentí por su muerte, la de un animal
de otra especie, me hizo comprender los motivos para ser
vegetariano y unirme a la lucha por la liberación
animal.
En Irlanda tienen la misma mentalidad católica
cerrada que en España. Yo sabía que en Inglaterra
había gente dando caña y decidí volver
y ayudar. A las primeras personas del movimiento a las
que conocí fue a Jill Phipps y a su madre Nancy,
en una reunión en 1984. Al principio, madre e hija
pensaron que yo era un policía ya que desde el
primer momento les propuse salir a hacer acciones.
Tiempo más tarde Nancy y Leslie, la hermana de
Jill, acabaron pasando por la cárcel. Y el 1 de
Febrero de 1995 Jill fue asesinada cuando intentaba detener
a un camionero durante una campaña contra la exportación
de animales vivos en el aeropuerto de Coventry, pero el
camión no se detuvo y le pasó por encima
*. Ahora recuerdo a Jill no solo como una buena activista,
sino también como una gran persona que representaba
en sí misma al movimiento punk.
* Ver la entrevista a Melanie Arnold, “Las llamas
de la victoria”.
AV: ¿Cuál fue la
primera acción por la que te encerraron?
J.C.: Fue por un ataque a Wickham Laboratories, un centro
de vivisección situado en Hampshire. Sabíamos
que usaban perros robados a particulares para experimentar
con ellos. La ley en Inglaterra dice explícitamente
que cualquier animal que se utilice para la investigación
ha de ser criado con ese fin.
Nos unimos 150 activistas. Eran los tiempos dorados
del A.L.F. en Inglaterra. Ahora el número de
acciones ilegales ha disminuido y han aumentado las
legales. Es normal que tengamos altibajos en el número
de activistas, seguro que dentro de poco resurgiremos
con mas fuerza que nunca.
El objetivo del asalto era conseguir documentos que
demostrasen que estaban usando perros robados, para
así poder llevarlos a juicio y acabar definitivamente
con aquel horrible lugar. Desgraciadamente no conseguimos
llevarlos a juicio porque aunque logramos demostrar
que los animales no habían sido criados para
la vivisección, no pudimos probar que eran robados.
Al final los que acabamos en el banquillo de los acusado
fuimos algunos de nosotros.
En las asambleas participábamos los 150, sin
líderes, aunque había un grupo de unos
10 que se encargaban de planear la operación.
La policía sabía lo que estábamos
tramando y nos tenían bajo vigilancia. Aun así
no sabían tanto como creían. Pensaban
que la acción tendría lugar a las diez
de la noche del sábado, pero fue a las diez de
la mañana del domingo. Así que para cuando
se produjeron los hechos, los policías que vigilaban
el laboratorio ya se habían ido a sus casas.
Su error fue doble, nuestro objetivo no solo era el
laboratorio, sino también la granja de perros
y la casa del director del centro. Los tres lugares
fueron atacados a la vez.
Unas 90 personas atacaron el laboratorio sin importarles
hacer ruido, ya que el ataque era a plena luz del día
y los trabajadores que había dentro seguro que
los iban a ver, así que igual que en los otros
lugares asaltados aquel día, usamos herramientas
contundentes como cizallas, mazos, palancas, hachas…
Básicamente se trataba de entrar, reventar las
puertas y ventanas que nos obstaculizasen el camino,
coger los documentos y desaparecer con ellos antes de
que llegase la policía.
Se había planeado todo hasta el último
detalle. Aunque solo unos pocos habían entrado
dentro del edificio, todos sabían cual era su
trabajo. El plan de huida también era bueno.
A las matrículas les habíamos puesto barro
por encima para tapar los números sin levantar
sospecha. Los conductores los dejaron en un sitio y
los recogieron en otro al que, desde el laboratorio
solo se podía llegar a pie porque había
que cruzar unas vías de tren. Cuando ya estaban
en el coche yéndose vino hacia los compañeros
un coche de la policía con las sirenas y las
luces puestas. Por un momento pensaron que ya los habían
cogido pero el coche siguió de largo hacia el
laboratorio.
Mientras sucedía todo esto los otros dos grupos
también cumplíamos nuestra parte. A la
casa del director fuimos 7 personas. Por razones de
seguridad aparcamos los coches (uno era el mío)
a unas 3 millas de distancia y caminamos hasta la casa.
El vivisector, al ver en su casa a siete personas con
pasamontañas, sacó una pistola que tenía
pero nos echamos encima, le pegamos y nos fuimos.
El resto de los activistas fue a la granja, ataron a
los trabajadores y se llevaron lo que buscaban.
El día anterior a la acción la policía,
que nos estaba vigilando, sacó fotos a algunos
de nosotros en una reunión en una estación
de trenes. Aparte de las fotografías, la acusación
utilizó otra prueba contra mi en el juicio: una
vecina chismosa y paranoica apuntó la matricula
de mi coche, que como dije antes, durante la visita
a la casa del director, pensando que lo habíamos
aparcado a suficiente distancia, no tapamos la matrícula
de mi coche. No se porqué, la vecina sospechó,
pero que sirva de escarmiento al resto de compañeros.
En total fuimos detenidas 19 personas. Algunos, a pesar
de que en las asambleas lo habíamos acordado,
en el calabozo no contestaron las preguntas de la policía
con “no coment” y acabaron hablando mas
de la cuenta. Personalmente no les guardo ningún
rencor, ya que fuimos nosotros los que incitamos a actuar
a gente que no estábamos seguros de que estuviese
preparada. Además, los que hablaron, lo hicieron
por los nervios de la detención, y no continuaron
durante el juicio.
La acusación trató por todos los medios
de que nos condenasen a las máximas penas posibles
y con esa idea decidieron acusarnos de conspiración
contra los tres lugares atacados. De modo que algunos
compañeros pudieron admitir que de hecho habían
participado pero, al demostrar que solo sólo
tenían conocimiento de uno de los ataques, quedaron
libres. Yo no tuve la misma suerte. Con las pruebas
de la matricula de mi coche y las fotos que nos había
hecho la policía me declararon culpable y me
condenaron a 9 meses de cárcel.
Pero para cuando me pasaron sentencia yo ya estaba en
prisión preventiva por otra acción que
llevé acabo mientras estaba en libertad condicional
esperando juicio por el ataque en Wickham Laboratories.
Con unos amigos decidimos hacer algo contra la caza
del zorro. Desgraciadamente como verás las cosas
nos salieron exactamente como esperábamos. Queríamos
hacer algo que conmocionase a la sociedad, demostrar
que había gente dispuesta a hacer cualquier cosa
para acabar con esta cruel afición y forzar a
la gente a que empezase a pensar y a decidir si estaba
a favor o en contra de la caza de zorros. La acción
que se nos ocurrió era perfecta.
El objetivo sería un primo de la reina Elizabeth,
el duque Beaufort. Este individuo, que había
fallecido cinco meses antes, era visto como el James
Bond de la caza. Antes de morir había escrito
sus memorias, en las que contaba orgulloso sus aventuras
en África cuando mataba elefantes y otros animales.
Por supuesto también hablaba de su mayor afición,
por la que mas se le conocía y a la que dedicaba
su vida cuando estaba en Inglaterra, la caza del zorro.
El plan era abrir su tumba, cortarle la cabeza (el duque
había muerto hacía muy poco) y enviársela
a una mujer que también se divertía matando
zorros, la princesa Ann. Sus huesos se los daríamos
a los perros de otros cazadores.
Decidimos llevar acabo la acción la noche de
Navidad, no solo porque es una noche en la que la gente
esta menos alerta, sino también porque el día
siguiente a Navidad es el Boxing Day, una fecha importantísima
para los aficionados a la caza del zorro. Durante la
noche de la acción estábamos bastante
tranquilos en términos de riesgos porque en aquellos
tiempos el cementerio no tenía sistemas de seguridad,
y sabíamos que podíamos tomarnos bastante
tiempo. Pero poco a poco los activistas del grupo empezaron
a tener miedo y dudas y a echarse atrás, excepto
Terry Halsby y yo, que continuamos cavando y cavando.
. Pero cuando habíamos cavado mas de dos metros
de profundidad la presión en el grupo era demasiada
y tuvimos que desistir. Rápidamente se tomó
la decisión de que seguiríamos adelante
con los comunicados de prensa y que diríamos
que el plan no pudo concluirse porque la pala se rompió.
Como no llevaba mucho tiempo muerto, la cruz que había
encima de su tumba era provisional y de madera. Nos
la llevamos sin ningún problema, nos hicimos
fotos con ella y las enviamos a la prensa junto con
la explicación de lo que queríamos hacer,
la historia de la pala rota y los motivos de la acción.
Conseguimos lo que queríamos, los medios de comunicación
de todo el mundo hablaron de la acción, haciendo
a la gente que reflexionase sobre si le parecía
peor divertirse matando zorros o profanar la tumba de
un cazador.
La cruz y las herramientas las guardamos en una casa
que Terry había alquilado y que muy pocos conocían
su existencia. Queríamos mas adelante dejar la
cruz en frente del Palacio de Bukingham y dar así
mas eco a la noticia. A la madre de Terry, sin ningún
motivo por el que sospechar, le dio una paranoia, llamó
a la policía y acusó a su hijo. Les dio
la dirección de la casa de Terry y una muestra
de barro que cogido de los pantalones de su hijo mientras
este dormía, para ver si coincidía con
la tierra del cementerio. Los análisis no coincidieron,
mi amigo se había manchado al pasear con los
perros, pero cuando entraron a la casa y se encontraron
la cruz, dejaron de tener dudas sobre quien estaba detrás
de todo.
Yo había estado muchas veces en su casa y su
madre me conocía bien, así que no fue
difícil relacionarme con el caso. Me arrestaron,
perdí de inmediato la libertad condicional de
la que gozaba en esos momentos, y entré directamente
a la cárcel. Ahí me enteré de la
condena de 9 meses por el asalto masivo al laboratorio,
a la que un mes mas tarde se le sumó otra de
2 años por profanación de tumba.
Desde mi punto de vista esta acción, ahora que
la prohibición de la caza del zorro está
al caer, ya no tiene sentido. Pero quizás la
situación en España se parezca a la inglesa
hace 18 años. Que los activistas de ahí
decidan.
A.V.: ¿Qué recuerdo
tienes de la primera vez que estuviste en la cárcel?
J.C.: En realidad no me
fue tan mal ahí dentro. Recibíamos un
enorme apoyo social que se agradecía enormemente
y que generalmente nos llegaba a través de cartas.
El Animal Liberation Front Suporters Group ya existía
desde finales de los 70 y su apoyo también se
notaba mucho ahí dentro.
Cuando entré era un chaval de 21 años
con mucho nervio y muy alocado. Terry y yo participamos
en muchos motines que utilizaron como excusa para separarnos
de prisión. Estos disturbios y, sobretodo, el
hecho de que muchos de los carceleros fuesen cazadores
hacían que estos nos odiasen a muerte. Afortunadamente,
cuanto mas nos odiaban los carceleros mas nos apreciaban
los presos, por lo que nunca tuvimos ningún problema
con el resto de los convictos.
No creo que las cárceles vayan a conseguir, en
absoluto, que la gente obedezca la ley. En mi caso fue
como ir a la universidad de los criminales y activistas.
A.V.: ¿Alguna vez has contribuido a difundir
y a enseñar como participar en acciones?
J.C.: En 1990 hice con
unos amigos una revista de acción directa llamada
“Into the 90´s”, de la que solo hicimos
un número y que iba orientada hacia como nos
gustaría que fuese la década que empezaba.
Me gustaría poder daros un ejemplar, pero por
la represión nos deshicimos de todos los que
teníamos.
Pero mi especialidad es hablar, he dado charlas sobre
el F.L.A. y la liberación animal, no solo en
toda Gran Bretaña, sino también en otros
países de Europa. He participado en multitud
de programas de radio y televisión, desde debates
a documentales.
Aparte de eso siempre intento ayudar en lo que puedo.
Durante años edité la revista del A.L.F.
S.G. y hace poco he escrito varios artículos
para la revista Arkangel y ahora mismo estoy colaborando
con vosotros.
A.V.: ¿Por qué volviste
a entrar en la cárcel?
J.C.: Uno de los motivos
fue el ataque al centro de investigación Interfauna
en 1990. Conseguimos rescatar a 81 beagles y 26 conejos.
Participamos 25 activistas, todos ellos de la zona de
Northampton y con los que yo ya había hecho acciones
menores antes.
Tuvimos que alquilar dos furgonetas lo mas grandes posibles.
Para que fuese mas difícil seguirnos la pista
no las alquilamos a una empresa de alquiler convencional,
sino a un taller de reparación de vehículos,
donde yo di mi nombre responsabilizándome de
ellas. Robamos unas matrículas en una chatarrería
y se las pusimos a las furgonetas.
No se como pero la policía acabó enterándose
de donde habíamos conseguido las furgonetas para
la acción. Los forenses hicieron en ellas unas
investigaciones que solo hacen en casos de asesinato.
Recogieron unos restos vegetales que habían quedado
adheridos en el sistema de suspensión y los analizaron.
Descubrieron que tenían una enfermedad producida
por hongos muy extraña pero muy frecuente en
la zona en la que habíamos hecho la acción
.
Como la vez anterior, mientras esperaba el juicio no
pude o no quise resistir la tentación de hacer
lo que creía que estaba bien. En 1991 Alan Summershill,
un cazador aficionado atropelló y asesinó
con su coche a Mike Hill, un saboteador de la caza (hunt
saboteur). Las autoridades decidieron pasar por alto
el hecho y unas 80 personas nos dirigimos hacia su casa
en una manifestación de protesta que de antemano
se sabía como iba a acabar. Policías y
periodistas nos estaban esperando, algo que no impidió
que los manifestantes descargásemos nuestra rabia
sobre la casa del cazador. No fue en absoluto una acción
organizada, de hecho, aun sabiendo que había
cámaras ni siquiera nos tapamos la cara. Simplemente
nos dejamos guiar por nuestros sentimientos.
Durante el disturbio fueron detenidos varios manifestantes
pero eran inmediatamente liberados por el resto de los
compañeros, que no dudábamos en enfrentarnos
a los policías. En ese momento se vieron desbordados
y solo consiguieron llevarse a uno de nosotros, al que
habían escondido y esposado a una farola. Aún
estando esposado, estoy convencido de que de haberlo
visto hubiéramos encontrado la forma de sacarlo
de ahí.
Gracias a las grabaciones hicieron 40 detenciones durante
los días siguientes. Cuando me enteré
de que habían venido también a mi casa
me di a la fuga. En esos momentos me encontraba en libertad
condicional en espera de juicio. Como no quería
pasarme el resto de la vida en busca y captura decidí
presentarme al juicio, al salir me detuvieron y poco
tiempo después estaba en la cárcel. Ahí
fui condenado a 12 meses bajo el cargo de “violent
disorder”.
* Hemos traducido otro artículo, “Barry
Horne, comprometido” de la revista del A.L.F.S.G.
homenaje a Barry Horne en el que también se habla
de esta acción.
A.V.: ¿Podrías hablarnos
de alguna de las detenciones que hayas tenido?
J.C.: He pasado cientos
de veces por el calabozo y a veces incluso sin haber
hecho nada. Sobre el año 89 vivía en una
casa con mi novia, con Lesslie Phipps, su novio, y un
chaval que tocaba en un grupo de música y que
no tenía nada que ver con el A.L.F. Entre nosotros
acordamos, por motivos de seguridad, no contarnos las
acciones mas graves en las que participábamos.
Una noche yo estaba preocupado porque mis compañeros
de piso tardaban mucho en llegar. Llamaron a la puerta
y, como hago siempre, miré por la mirilla antes
de abrir. No conocía a los que estaban detrás
y les pregunté que quienes eran. Me contestaron
que eran policías y, todavía sin abrirles,
les pregunté que qué querían. Me
dijeron que buscaban a John Curtin, porque le habían
robado el coche. Fui a la ventana, me asomé y
vi que era cierto, el coche no estaba donde yo lo había
dejado aparcado. Contento de que por una vez hubieran
venido a ayudarme les abrí.
Se metieron de golpe en casa y al darme cuenta de que
era una redada me dirigí a las dos únicas
cosas ilegales que había en casa: una piedra
de costo que había ahí mismo y que me
comí de golpe, y la otra cosa que nos podía
dar problemas era un alfiler que habíamos colocado
en el contador de la luz para que no funcionase. Habíamos
quitado la bombilla de la luz del sótano, que
era donde estaba el contador, para que así, si
llegaba el inspector de la luz tuviese que ir a oscuras
y entonces, mientras él conseguía la linterna,
nosotros podíamos quitar el alfiler.
Salí corriendo hacia el contador, los policías
me cortaron el paso y se dieron cuenta de que ahí
había algo ilegal. Registraron de arriba abajo
una y otra vez la pequeña habitación en
la que básicamente solo estaba el contador y
el alfiler, pero nunca lo encontraron . Aun así
se me llevaron a comisaría por una supuesta colocación
de dispositivos incendiarios. Recuerdo que para entonces
el costo que me había comido empezó a
hacerme efecto y todo me parecía cada vez mas
subrealista. En el calabozo, otro detenido me preguntó
que por qué estaba detenido, le dije que en realidad
no lo sabía y le pregunté lo mismo yo
a él. Me dijo que le habían cogido robando
un coche y, tras hacerle un par de preguntas, me di
cuenta de que era mi coche el que había intentado
robar. El pobre había ido a robar el coche de
una persona que estaba siendo vigilada.
Yo no era el único que estaba en el calabozo
sin comerlo ni beberlo, el resto de mis compañeros
de piso también estaban ahí, incluyendo
al chaval que tocaba en el grupo de música y
que no tenía nada que ver con la acción
directa. Este, mientras vivió con nosotros le
arrestaron decenas de veces por acciones que habíamos
hecho el resto. Al final descubrieron que los que hicieron
la acción habían sido Lesslie y su novio
Gary, a quienes les condenaron a 3 años de cárcel
por intentar quemar los camiones de una granja.
Desde el año 92 hasta el 95 también me
detuvieron en varias ocasiones a raíz de unas
acciones contra el Grand National, una famosísima
carrera de caballos que se hace todos los años
en Liverpool y se retransmite en directo en casi todo
el mundo. Esta carrera es una prueba durísima
para los animales, a los que obligan a saltar grandes
obstáculos y caer en agujeros o rampas muy inclinadas.
Decenas de caballos sufren en los saltos esguinces y
otras lesiones que son consideras fatales para sus dueños
ya que no pueden recuperar el estado físico necesario
para correr en carreras y por lo tanto hacer ganancias.
Los caballos de carreras son tratados como una propiedad,
como “máquinas de hacer dinero”.
El veterinario les hace una revisión inmediatamente
después de finalizar la carrera y si comprueba
que el animal ya no servirá para competir es
sacrificado en las cuadras esa misma tarde.
Sabiendo lo que se esconde detrás de esta versión
inglesa de las corridas de toros, unos amigos y yo nos
propusimos detenerla a nuestra manera. En el 92 unas
diez personas ocupamos la pista segundos antes de que
la carrera diera comienzo. No conseguimos detener la
carrera pero retransmitieron nuestra acción y
pancartas. Año tras año fuimos aprendiendo.
En el 93 los encargados de seguridad ya estaban prevenidos.
Antes de que comenzase la carrera salió un grupo
a la pista. Obligando nuevamente a las cámaras
a retransmitir en directo la acción contra el
Grand National y a propagar nuestro mensaje. Tuvieron
que retrasar el comienzo de la carrera mientras la policía
se llevaba a los activistas. Pero el golpe sorpresa
fue que segundos antes de que fueran a empezar la carrera
nuevamente otro grupo de activistas, que hasta entonces
había pretendido aparentar pertenecer a la afición,
salió y ocupó la pista otra vez, retrasando
aun mas la salida.
El estado de conmoción no solo afectó
a la policía, la seguridad privada y los espectadores.
Los jinetes también estaban desorientados pensando
qué era lo siguiente que podía pasar.
Aquel año los activistas y, sobre todo, los caballos
tuvimos un golpe de suerte increíble. En la salida,
debido a un fallo mecánico, algunas de las puertas
de las cuadras no se abrieron. Cuando iban a saltar
la primera valla, el juez levantó la bandera
señalando nula la salida. Pero algunos jinetes,
creyendo que el juez era otro activista continuaron
y no se dieron cuenta del error hasta mitad de recorrido.
Como estos caballos ya estaban cansados, no podían
volver a correr porque los que hubiesen apostado por
ellos jugarían en desventaja, así que
finalmente se suspendió la carrera.
En la Grand National se mueven cientos de millones de
libras y nosotros conseguimos que aquel año los
organizadores perdiesen dinero. Así demostramos
que hay otras formas de hundir los negocios de los explotadores
aparte de destruyendo sus pertenencias. Además
este tipo de acciones reciben condenas muy suaves. En
24 horas ya estábamos todos en la calle.
Al año siguiente, en el 94, la policía
no estaba dispuesta a consentir que se repitiesen los
hechos y preparó una operación exagerada.
Durante las 24 horas anteriores a la carrera estuvimos
bajo vigilancia unos cuantos activistas sospechosos
de querer sabotear el acto. Yo tomé todas las
medidas de seguridad, porque sabía que podía
estar siendo seguido, pero aun así no logré
descubrir a los que me vigilaban. A las 12 de la mañana
del día de la carrera nos detuvieron, a nosotros
y a todas las personas con las que habíamos hablado
durante el seguimiento, estuviesen o no relacionadas
con la liberación animal. Después se metieron
en nuestras casas y las registraron.
Lo que la policía había planeado y estaba
llevando a la práctica era ilegal, ya que nos
arrestaron sin haber cometido delito alguno. Querían
detenernos para que mientras estuviésemos en
comisaría, no pudiéramos sabotear la Grand
National, y justificar sus detenciones con lo que encontrasen
en nuestras casas. La jugada les salió mal porque
en uno de los registros se olvidaron una carpeta con
sus propios documentos, que explicaban detalladamente
las ilegalidades de su plan. Con esta prueba los llevamos
a juicio, 12 personas recibimos indemnizaciones (las
menores eran de 2500 libras) y se nos devolvió
todo lo que nos habían confiscado.
Una de las cosas que se habían llevado y que
nos tuvieron que devolver eran unas bombas de humo que
habíamos comprado en tiendas de navegación.
Esas mismas bombas fueron utilizadas en el 95. Las tiramos
en mitad de la pista para detener la carrera y que se
tuviese que suspender. Desgraciadamente la policía
les había quitado la carga y no funcionaron.
A.V.: ¿Qué es lo que te da energía
para seguir luchando?
J.C.: Yo intento que mi
motivación sea el amor hacia los animales y no
el odio hacia sus opresores. Tal y como están
las cosas en nuestra sociedad es muy sencillo sentir
odio, pero este odio consume y ciega a los activistas.
Lo que a todos nos hizo empezar en la lucha por la liberación
animal fue el amor hacia nuestros hermanos. Un amor
que no debe perderse nunca y que debe ser nuestra verdadera
fuente de energía en la oscuridad de la noche.
A.V.: Llevas 18 años en
el movimiento, ¿Quieres comentar algo o dar algún
consejo a otros activistas?
J.C.: En primer lugar no
me parece bueno que se hable de los miembros del F.L.A.
como si fuese gente especial. Esto puede hacer que alguien
no se sienta capaz de participar en acciones directas
y, en realidad, cualquiera que se lo proponga es capaz
de hacerlo.
Tampoco creo que nos beneficie enfocar la liberación
animal como un movimiento para gente joven. Primero
porque no es cierto y segundo porque necesitamos gente
de todo tipo. Todo el mundo puede ayudar. Por ejemplo,
en Inglaterra hay personas mayores con dinero que están
desempeñando un trabajo importantísimo.
Hacen santuarios que sirven de hogar a los animales
liberados, a los que dedican todo su tiempo.
Hay que tener especial cuidado con los vehículos
utilizados en las acciones, muchos compañeros
han entrado en la cárcel por ellos. Tenemos que
intentar pensar como criminales, aunque moralmente no
lo seamos. Las fuerzas de seguridad hacen investigaciones
mucho mas minuciosas cuando el que ha infringido la
ley lo ha hecho por motivos políticos y sociales.
Antes de atacar un objetivo busca siempre su punto débil.
Intenta evitar entrar por puertas y ventanas, si es
posible entra por el techo. Cuando el lugar está
alejado de las casas y se puede hacer ruido suele ser
fácil utilizando picos, mazos y herramientas
similares. Si no se puede entrar por el tejado sigue
siendo preferible no abrir la puerta. Taladra su base
por varios puntos formando un círculo o un cuadrado,
dale un golpe y entra por el agujero que quede.
Las bengalas y bombas de humo que venden en las tiendas
de barcos se pueden usar en varios tipos de acciones.
Son útiles en liberaciones en las que participa
mucha gente y no hay suficientes walkie-talkies. El
o los que vigilan se ponen en un punto estratégico
y si ven que llega la policía lanzan la bengala
al aire y quedan todos avisados.
Cualquier acción en la que se utilice fuego es
considerada por los estados como un gran crimen y castigada
con largas condenas de cárcel. Si vas a hacer
incendios ten incluso mas cuidado de con quien los vas
a hacer.
|