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Eran sobre las 7:00 de un día cualquiera del invierno
pasado (2002), al salir de casa y entrar al ascensor me
encuentro con una mujer con abrigo de piel. Empezaba mal
el día. Iba con la bici hacia clase amargado, parecía
el infierno la cantidad de mujeres que llevaban esa cruel
prenda. No podía parar de dar vueltas a la cabeza,
pensaba en lo lejos que estábamos de lograr una
sociedad vegana mientras existiese gente así, y
buscaba una solución para los que, por egoísmo,
no atienden a la razón.
No hay excusa para usar pieles, pero cuando las lleva
una mujer joven, me parece incluso peor. Ya estaba de
mal humor por las anteriores empeletadas con las que me
había cruzado cuando vi precisamente eso, una niñata
de unos 28 años, bien peinadita, con sus zapatitos
de tacón, su minifalda, unos andares que parecía
forzar para no pasar desapercibida y un abrigo de zorro.
Era la gota que colmó el vaso. Inconscientemente
mis glándulas salivales se pusieron en marcha y
la saliva se iba acumulando poco a poco mientras mis ojos
buscaban a algún policía o a algún
posible “héroe urbano” dispuesto a
socorrer a la princesita. No había ninguno, aunque
sí había gente por la calle que iba al trabajo.
La había visto venir desde lejos, y desde el primer
momento supe que la iba a escupir. Cuando ya estaba cerca
me subí con la bici a la acera para no fallar y
por un momento tuve miedo de haber acumulado tanta saliva
que el escupitajo se partiese en el aire haciéndolo
imposible de acertar. En otras ocasiones ya lo había
hecho apuntando al abrigo, pero esta vez el proyectil
iría dirigido a la cara. Estaba ya muy cerca, ella
ni siquiera había advertido mi presencia cuando
le escupí. El escupitajo consiguió conservar
la forma hasta dar en el blanco. Le di en la base del
cuello, justo en la hendidura que hay inmediatamente debajo
de la nuez, y al pasar a su altura pude oír con
total claridad el PLAS del impacto. ¡Que sonido
tan agradable! Sin girar la cabeza del todo y ya con una
sonrisa en la boca le grite “peletera, asesina,
eres mierda”.
Al continuar el trayecto me imaginé a la chica
contándole a su familia y a sus amiguitas bien
el suceso. “¡Le habían escupido!,
si, a ella. Le había escupido un tío de
esos con pintas raras y encima le había insultado
por llevar pieles”. Era divertidísimo pensar
en mi saliva resbalando por su cuerpo mientras ella,
horrorizada, tenía que pedir un pañuelo
a un viandante. Las únicas cosas que maldije
fueron el no haber podido verle la cara al reaccionar
y mi costumbre de lavarme los dientes después
de desayunar.
La lucha no es ningún juego, pero desde luego,
tampoco es únicamente sacrificio, represión
y estrés. Esa mentalidad pesimista es la que
desgasta a la gente. Si disfrutas de cada ataque conservarás
las ganas del primer día de continuar adelante
y te dará energía para golpear con mas
fuerza a tu objetivo. No está mal ser feliz,
ni estar a gusto con uno mismo, ni estar contento por
haber hecho lo que está bien, así que,
disfruta embozando el baño de un Mc Donald´s,
viendo el ácido fluorhídrico corroer el
escaparate de una carnicería, financiando tu
grupo de acción, quemando el camión de
un tirano, traduciendo textos para esta página
web, soltando unos visones o rescatando unos perros
de un centro de vivisección. Si lo tuyo son las
actividades legales, disfruta haciendo de piquete en
un circo, haciendo interrupciones continuas e improcedentes
en una conferencia tauricida, escribiendo un fanzine,
dando una charla en una universidad o en un centro social,
explicándole a tu amiga Paula porqué eres
vegana, pegando una pegatina, mandando una carta al
periódico u organizando una concentración.
Lo importante es que todos, con unos métodos
o con otros, disfrutemos salvando vidas.
Otra cosa en la que me hizo pensar esta acción
es que para según que acciones, podría
ser interesante que los activistas se planteasen la
posibilidad de atacar al consumidor en lugar de al productor,
aunque en un principio pueda resultar mas impopular.
No estoy hablando, ni mucho menos, de pinchar las ruedas
del coche a un peón de albañil al que
has visto comerse un bocadillo de chorizo, ni romperle
los cristales de casa a una abuela a la que has visto
tomarse un café con leche en el bar de al lado.
Toda acción requiere una análisis de los
pros y los contras antes siquiera de estudiar su viabilidad
material. Atacar al demandante es especialmente delicado,
pero incluso en nuestra sociedad especista hay ciertas
costumbres y actitudes (como la caza, los toros, las
pieles…) que, gracias a los compañeros
que se encargan de la difusión, están
adquiriendo un creciente rechazo social. Desde mi punto
de vista, es a este tipo de actitudes a las que se puede
golpear con mayor soltura, atacando al consumidor además
de al productor.
Una acción tan insignificante como la de aquella
mañana, me había enseñado mucho,
y posiblemente lo mas importante que aprendí
aquel día es precisamente eso, que hasta de la
acción mas pequeña se puede aprender.
¡A disfrutar y a aprender compañeros!
Flavio
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