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El cuento de Mirtila
[extraido
de la revista sombras y Cizallas nº 7>>]
Te voy a contar un cuento. Una historia que será
real, sólo si tú quieres que lo sea.
No hace mucho tiempo, en una casa de campo vivía
una niña de seis años llamada Mirtila.
Sus padres estaban preocupados porque ahí no
había más niños con los que jugar.
Unas navidades sus padres la trajeron un regalo. Era
una perrita, un cachorro de tres meses con un gran lazo
azul atado a su cuello.
Mirtila inconscientemente, lo primero que hizo fue fijarse
en sus ojos. Tenía una mirada que transmitía
tristeza y temor a la vez, la misma mirada que tendría
cualquier niño al que separan de su madre y lo
llevan a un lugar desconocido.
La niña, sin saber por qué le quitó
el lazo. La levantó con cuidado y la apoyó
en su regazo, intentando que Jill, la perrita, notase
el calor de su cuerpo. Mirtila nunca vio a Jill como
un juguete, desde el primer momento la vio como una
amiga. Para ella Jill siempre sería alguien en
quien confiar, un sentimiento recíproco que las
unió hasta el final. Desgraciadamente, cuando
Mirtila entraba en la adolescencia, su amiga se fue
para siempre dejando un vacío en su corazón
que ningún humano pudo llenar jamás.
El cariño que sentía hacia los animales
la llevaron a estudiar veterinaria. Cuando ya habían
pasado más de seis meses desde que entró
en la facultad, un profesor les dijo que les llevaría
a visitar el animalario. Por fin -pensó Mirtila-
eso es lo que quería. Hasta el momento las clases
le habían parecido demasiado frías, ya
era hora de entrar en contacto con los animales que
habían venido a ayudar.
El profesor, al día siguiente sorprendió
a Mirtila cuando explicó que esos animales no
estaban ahí porque estuviesen enfermos, sino
que los tenían para realizar diferentes investigaciones.
Tras acabar su introducción sobre lo que se realizaba
ahí, entró en una nave y toda la clase
le siguió. Entraron en una habitación
oscura en la que sólo había una perra.
Mirtila se quedó sin habla. Toda la gente que
tenía a su alrededor había desaparecido.
No había tenido esa sensación ni visto
esa mirada desde hacía muchos años. Desde
que conoció a Jill, su mejor amiga.
Mientras sus compañeros y compañeras
de clase tomaban apresuradas anotaciones por las distintas
salas de las explicaciones del profesor, ella intentaba
comprender algo muchísimo más importante.
Aquella noche no pudo dormir, su cabeza seguía
dando vueltas, seguía intentando explicarse por
qué tenían a aquella perra aislada en
ese cuarto y se preguntaba que habrían hecho
con ella para que tuviese aquella mirada.
Durante varios días más estuvo pensando
qué es lo que hacía que algunas personas
tratasen así a los animales, pero nunca lo entendió.
Después empezó a pensar en Jill. Recordó
lo felices que habían sido las dos juntas y pensó
lo mucho que la había echado de menos todo este
tiempo. Por último se preguntó qué
hubiese querido Jill que hiciera.
Esa misma noche acabaron sus lamentos y las lágrimas
de frustración dejaron de caer de sus ojos. Cuando
ya no había nadie por la calle salió ella
y con pasos decididos se dirigió hacia su universidad
por última vez. Pasó por delante del edificio
en el que le habían dado clases y llegó
hasta la nave. Retiró con cuidado el cristal
de una ventana y entró al pasillo.
Sus pies la guiaron hasta la perra solitaria. La levantó
en sus brazos, la abrazó y la apretó contra
su pecho como años atrás había
hecho con Jill. Cinco minutos más tarde desaparecían
juntas en la oscuridad de la noche.
Caminaban hacia una nueva vida,
una nueva vida para las dos.
Luna
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