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Una historia de primera mano sobre
una liberación de visones
Traducido de www.nocompromise.org
Lo que sigue a continuación es la historia de
una de las muchas liberaciones de granjas peleteras
que han tenido lugar en Norte América en el pasado
año y medio.
Una noche me senté en un pequeño trozo
de hierba bajo las estrellas, escuchando las hojas moverse
con el viento. Poco tiempo había pasado cuando
vi los focos de un pequeño vehículo que
giraba una curva y se dirigía hacia mí.
Tras cargar las herramientas en el maletero, subí
al asiento delantero e intercambié una sonrisa
con la conductora. Ella me dio la mano y la apretamos
rápidamente antes de arrancar el coche (alquilado
con datos falsos) hacia la carretera. Ya estábamos
en marcha.
Mientras conducíamos salió el sol. Paramos
solo para comer y llenar el depósito del coche,
continuamos conduciendo todo el día. Unas pocas
horas después de la puesta del sol quedamos con
otro hombre, al que conocíamos bien y en el que
confiábamos completamente. Juntos nos dirigimos
hacia una zona oscura pero despejada, cerca de un pequeño
lago y discutimos nuestros planes.
Después de asegurarnos de que no teníamos
compañía no invitada, dejamos la carretera
y nos dirigimos hacia nuestro destino final. Usando
mapas detallados tuvimos que desviarnos mucho de la
carretera principal. Encontramos la dirección
que buscábamos y pronto encontramos unos arbustos
en los que escondimos el coche.
Nos trajimos un radio scanner* que había sido
programado para captar todas las frecuencias de la fuerzas
represivas del estado. Uno de mis compañeros
revisó que funcionaba y que los mandos estaban
en la posición adecuada, se lo puso en el bolsillo
de su chaqueta, y se puso el auricular (tipo lenteja)
la oreja izquierda, dejando la derecha libre. Durante
todo el reconocimiento y liberación, ella escucharía
atentamente y se enteraría en caso de que el
granjero o algún vecino informase de cualquier
actividad sospechosa, o si alguna alarma inaudible alertase
a la policía de lo que pasaba en la granja.
También nos aseguramos de que nadie llevaba objetos
innecesarios, joyas o cualquier otra cosa que pudiera
ser dejado atrás inadvertidamente. La última
cosa que hicimos fue dejar la llave del coche cerca
del coche, para que no se la llevase nadie en concreto
(ya que si esta persona se metiese en problemas, el
resto no tendría un medio de transporte). Nuestros
bolsillos estaban vacíos excepto por el scanner,
las linternas y los guantes. Estábamos listos
para marchar.
El reconocimiento
Nuestro equipo sabía la importancia de familiarizarse
con la zona, así que estuvimos recorriéndonosla
andando durante una hora. Por supuesto, cuando en este
paseo íbamos por la carretera o cerca de ella,
cada vez que oíamos o veíamos un coche
a lo lejos nos tumbábamos en la tierra o detrás
de unos arbustos. Localizamos un riachuelo que discurría
cerca y a través de espacios abiertos. También
tómanos nota de las zonas mas oscuras y en que
lado de la carretera había menos luz. Fijamos
un punto de encuentro de emergencia por si por alguna
circunstancia nos separábamos.
Cuando el viento vino en nuestra dirección,
traía el olor de la granja. Mis sentidos se dispararon.
Al respirar pude notar el olor a sangre y sufrimiento,
pude oír los llantos de dolor, pude ver la desesperación
y sentir el terror de ese lugar. Era y sigue siendo
un auténtico infierno.
Acortamos a través de dos campos grandes para
llegar hasta la parte trasera de la granja. Cuando estábamos
en campo abierto, nos tiramos, y nos arrastramos con
los brazos en la espalda, de tal forma que si alguien
estaba mirando no pareceríamos humanos. A medida
que avanzábamos hacia la granja, tuvimos que
deshacernos de alambre de espinos para pasar las vallas
de algunos campos. Nos hicimos amigos de unas vacas
y otros animales con los que nos cruzamos en nuestro
camino hacia la granja.
Después de comprobar si había alarmas,
trip wires**, y video cámaras, escalamos sin
problemas la valla trasera y entramos al campo de concentración.
Continuamos buscando cuidadosamente alarmas, etc. Y
nos metimos rápidamente en las naves. Nuestra
presencia atrajo pronto la atención de los miles
de visones que había. Se pusieron muy nerviosos,
dando vueltas en sus diminutas cajas y “hablándose”
unos a otros con cortos pero altos chillidos. Con nuestras
pequeñas linternas, pudimos ver su cara curiosamente
pequeña y una mirada penetrante, unos animales
verdaderamente preciosos! Pensé en el fatal final
que les hubiese llegado si no hubiésemos intervenido.
Sus cuellos rotos o sus pulmones gaseados después
de unos cuantos meses mas de dura tortura física
y psicológica por estar encerrados en ese infierno.
Nos fijamos en las jaulas: cuatro hileras en cada nave.
Jaulas mugrientas y corroídas que no proporcionaban
un lugar de descanso a estos animales que normalmente
anidan en libertad. La mayoría de los listones
de las jaulas se podían cortar fácilmente,
excepto los de los reproductores, que tenían
un alambre pesado y grueso que giraba alrededor de los
listones de las jaulas asegurando las puertas.
Tras el reconocimiento supimos lo que necesitábamos
y regresamos a la parte de atrás del campo que
había detrás de la granja. Nos sentamos
bajo un viejo sauce durante unas horas observando el
recinto para saber si alguien había advertido
nuestra intrusión. Esa tarde dejaríamos
ahí a los animales, pero volveríamos.
Caminamos a través de los campos y riachuelos,
cogimos el coche y condujimos alrededor de una hora,
después acampamos el resto de la mañana.
A mitad de mañana nos levantamos y comenzamos
a discutir intensamente un plan de acción, detallando
las herramientas que íbamos a necesitar y repartiéndonos
las tareas. Habíamos traído con nosotros
un radio scanner, ropa oscura, linternas, cizallas para
alambres, guantes, sprais de pintura y máscaras
de esquiar. Necesitábamos sobres envueltos, papel
y sellos (para mandar un comunicado después de
la acción), y pilas de repuesto. Llenamos el
coche de combustible y condujimos una vez mas hacia
nuestro objetivo, durante la luz del día para
familiarizarnos mejor con los alrededores.
El resto de la tarde y anochecer fue empleado en apartar
todo el equipo y limpiarlo de arriba abajo. Repasamos
cada detalle del plan en nuestras cabezas y nos preparamos
mentalmente para cualquier imprevisto que nos pudiéramos
encontrar.
Comenzó a llover. Revisamos nuestro equipo otra
vez y partimos. Volvimos al campo de concentración
asegurándonos otra vez de que no nos seguía
nadie. Como la noche anterior, revisamos el scanner,
vaciamos los bolsillos y dejamos la llave cerca del
coche. Una vez mas seguimos la carretera tirándonos
al suelo cada vez que veíamos que se acercaban
faros, después empezamos a arrastrarnos por la
oscuridad, y llegamos al lado de los muchos visones
que esperaban su libertad.
La liberación:
Abrimos las jaula. Después de haber abierto
alrededor de una docena paré para tomar un respiro,
enfoqué con la linterna a una figura brillante
y delgada, que escapaba de su jaula-agujero. El visón
cruzó la tierra y salió del cobertizo.
A pesar de que me hubiese gustado asegurarme de que
cada animal encontraba la libertad, sabía que
no podía hacerlo, ya que costaría la vida
de todos los que dejase atrás. Tuve que estar
en todo momento abriendo jaulas para dar al mayor número
posible la oportunidad de una vida en libertad.
Continué frenéticamente mi trabajo abriendo
y cortando alambres. Mientras trabajaba, algunos visones
corrían por encima de las jaulas, otros se escurrían
entre mis pies chillando alegremente. Al poco rato estas
criaturas estaban por todas partes, corriendo de un
lado a otro, jugando y peleando unos con otros. Me hubiese
encantado dejar mi trabajo para separar a dos de los
pequeñajos y soltarlos a través de los
agujeros que habíamos hecho en las vallas de
fuera, donde encontrarían su libertad. ¡CORRER
CHIQUITINES CORRER!
Un ruido sospechoso:
De repente oí, o creí oír, el portazo
de una puerta. “Los visones han despertado a los
granjeros”, pensé, “aquí viene”.
Miré hacia el final de la nave y hacia la casa
del granjero. Ajusté mi foco para mirar a distancia
en la oscuridad, distinguí una figura. O me estaban
gastando una broma mis ojos o había ahí
alguien de pié? Me sentía muy inseguro
casi con pánico cuando imaginaba al “granjero
John” completamente histérico saliendo
de su casa, o mucho peor, en la salida con un rifle
en la mano. Me preparé para lo peor y traté,
otra vez en vano, de enfocar el final de la nave.
Mejor prevenir que curar, me recordé a mi mismo,
y rápidamente dejé la nave. Busqué
a mis compañeros y al no encontrarlos mi angustia
creció. Me fui al campo adyacente, escalé
a unos arbustos gruesos y observé la granja unos
20 minutos. No vi nada fuera de lo normal y ninguna
luz había sido encendida, así que con
mucha precaución regresé a las instalaciones.
Me introduje en las naves en las que estaban mis amigos
trabajando, para cerciorarme de que todo iba bien. Los
encontré trabajando sin interrupción.
Regresé a mi nave y continué abriendo
jaulas.
El trabajo era exhaustivo y sentía los huesos
y músculos agotados. Pero continué ,nunca
hubiese tenido la conciencia tranquila si no hubiese
abierto todas las jaulas humanamente posibles. Perdí
la cuenta a las 500.
El momento de irse:
Acabé con mi nave y fui a las otras para
ver si necesitaban ayuda. Encontré las primeras
naves vacías, fui a la siguiente y acabamos esta
juntos. Desgraciadamente, llegamos a la hora en la que
habíamos decidido que teníamos que parar.
A pesar de que aún quedaban muchas naves llenas
de prisioneros para liberar, el granjero se despertaría
pronto y la luz del sol nos impediría huir a
nosotros y a los visones.
Pintamos con sprai algunas de las jaulas que no estaban
vacías y regresamos. Mientras huíamos,
perseguimos a muchos visones hasta los agujeros cortados
en las vallas. Una vez fuera, paramos un momento para
ver las muchas figuras oscuras deslizarse a través
de los campos hacia el riachuelo que les proporcionaría
un nuevo hogar.
Usando la luna como guía, encontramos el camino
hacia el coche. Rápidamente compartimos nuestras
experiencias mientras andábamos (un miembro del
grupo había sido mordido cuando intentaba abrir
una jaula). Todos nosotros habíamos encontrado
algún visón muerto o agonizando en su
jaula.
Metimos nuestros húmedos, doloridos y sucios
cuerpos dentro del coche. Nos hicimos caras de frustración
porque a pesar de nuestra excitación sabíamos
que no debíamos hablar dentro del coche. Condujimos
en silencio, a través de las carreteras sin iluminación,
hasta nuestro lugar de acampada, donde habíamos
separado nuestras cosas, tiramos toda nuestra ropa y
zapatos a la hoguera y metimos las herramientas en bolsas
para estar rápida y completamente seguros.
Hablamos un poco mas de nuestras experiencias, incluido
lo que podríamos haber hecho mejor para la siguiente
vez. Hicimos planes para quedar otra vez y nos abrazamos
calurosamente unos a otros antes de empezar nuestro
largo camino hacia casa. Durante el día en el
que regresamos, oímos en las noticias de la radio
reportajes a cerca de la liberación. Sonreímos
abiertamente con la satisfacción de saber que
muchos visones habían logrado su oportunidad
de vivir en libertad, que el comercio de pieles había
sido menos rentable ese día, y que posiblemente
John el granjero se quedase sin trabajo.
*N de los T: como no sabemos su traducción exacta
hemos preferido no traducirlo.
**N de los T: trip wires literalmente traducido quiere
decir alambres para tropezar.
Estos textos no han sido escritos, ni traducidos para
que acumulen polvo en tu cajón. Difundelos mediante
fotocopias, Internet, dejándoselo a un amigo,
etc., puede salvar vidas, o mejor aún ¿por
qué no lo haces tú mism@?.
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