Entrando en el infierno Traducido
de la revista Bite Back nº1 [www.directaction.info]
Durante los últimos 20 años, los activistas
han sido capaces de entrar en el laboratorio mas conocido
del mundo, Huntingdon Life Sciences. Aparentaban buscar
un empleo o simplemente entraban llevando cámaras
de video o cámaras ocultas, y conseguían
grabar algunas de las mas brutales imágenes de
abuso en laboratorios que el público ha conseguido
ver. La noche del 1 de abril un*s activistas salieron
hacia Huntingdon con la intención, no de conseguir
salir con imágenes de video sino con animales.
Tenían una misión que no había
conseguido nadie antes, regresar con éxito después
de haber entrado al infierno.
La historia que viene a continuación fue recibida
anónimamente por varias organizaciones por los
derechos de los animales hace algo mas de un año.
A pesar de que fue publicada en una página web
internacional, es la primera vez que esta historia se
imprime. Está fechada en el 10 de junio del 2001,
el autor/a se desconoce.
“El uno de abril del 2001, nuestras vidas cambiaron
para tod*s nosotr*s. Fue ese fin de semana cuando yo,
junto con un*s muy querid*s camaradas entramos a Huntingdon
Life Sciences y salimos con 14 preciosos amig*s. Al
cabo de tres días, el movimiento de liberación
animal al completo en los EE. UU. Entró en una
nueva era con las energías enfocadas y ganas
de éxito. Tod*s estábamos mejorando. El
movimiento por los derechos de los animales estaba aprendiendo
a centrarse en objetivos y a como usar su fuerza para
ganar victorias. Nosotr*s, la parte clandestina del
movimiento, estábamos empezando a centrarnos,
y a compenetrarnos con las campañas de l*s compañer*s
que trabajaban legalmente, para inspirarles, darles
ánimos, y promover tácticas que requieran
audacia, incluso si no son convencionales. Mientras
usábamos el rescate como la manera mas efectiva
de liberar los animales ahora.
Pero por supuesto el cambio mas importante que se
produjo ese fin de semana fue en las vidas de esos 14
cachorros beagles, a los que sacamos de sus tumbas con
vida. Me resulta difícil imaginar ahora a estos
cachorros, a los que tanto les gustar la luz del sol
y juguetear unos con otros, otra vez en esas jaulas
de acero en las que los encontramos. Y a las que nunca
volverán.
Huntingdon Life Sciences (se refiere al de Nueva Jersey,
no al de Inglaterra) es un pequeño laboratorio
lleno de odio. Ell*s no solo intentan esconderse del
movimiento por los derechos de los animales, sino de
toda la sociedad. El laboratorio está casi completamente
rodeado de bosque, algo que nos beneficiaba al grupo
y a los animales que había dentro. Pudimos andar
alrededor de todo el laboratorio sin ser descubiert*s,
y ver toda la suciedad que no se veía desde la
carretera. La parte trasera de HLS es mas asquerosa
que una chatarrería de Alabama. Había
trozos de asfalto sueltos en lo que se suponía
que eran caminos asfaltados. Caminos, sobre caminos
y pilas de jaulas vacías sobre pilas de jaulas
vacías, que se habían doblado y oxidado
por la exposición al clima exterior. Esto nos
produjo una gran alegría, HLS no podría
mantener nunca mas animales en esas jaulas. Dos grandes
edificios en la parte de atrás solo contenían
basura.
La noche del 31 de marzo nos estábamos acercando
al laboratorio a través de los bosques que había
en la parte de atrás. HLS está situado
en un pueblo tan pequeño que ni siquiera tiene
su propia policía y están realmente lejos
del pueblo mas cercano, Franklin Township, para ofrecerles
seguridad. Pero ningún demonio puede protegerse
de un corazón puro. Dedicamos el tiempo y el
esfuerzo necesario hasta que descubrimos como vencerles
en su propio terreno.
Detrás de Huntingdón hay dos zonas con
agua. Una es un canal que divide las jurisdicciones
de los distintos cuerpos policiales del área.
HLS está justo al final de la zona que corresponde
al cuerpo de policía de Franklin Township. Sabíamos
que la policía era generalmente rutinaria en
su trabajo, raramente hacen nada original y no se preocupan
de si está ocurriendo un “crimen”
en un lugar que no tienen que vigilar ellos. Por eso
entramos y salimos desde fuera de su jurisdicción.
Pero esto implicaba cruzar el canal de hasta 30 metros
de ancho en algunas zonas, que además era demasiado
profundo para ser cruzado andando. También pensamos
que no podía haber nada mejor para ocultar el
olor de 14 cachorros que un curso de agua fresca.
Atamos una cuerda a unos de los árboles de la
orilla y uno de nosotros cruzó a la otra orilla
con la barca. Los remos, al meterse en el agua crearon
silenciosamente grandes olas que se esparcieron hasta
llegar a las dos orillas en cuestión de segundos.
Nosotr*s, también en silencio y bajo el anonimato,
queríamos crear grandes olas que enseñasen
a todo el mundo que utilizar a los animales como instrumento
de la codicia humana, no iba a ser tolerado. Lucharemos
y venceremos.
En la otra orilla, la cuerda estaba atada a otro árbol.
Esto nos permitiría cruzar el canal de lado a
lado en un tiempo mínimo. Seguimos los caminos
creados por los ciervos entre los árboles, pasamos
por las marcas que habíamos llegado a conocer
como la palma de nuestras manos, la fosa séptica
abandonada, y la parte del bosque en el que las zarzas
eran tan grandes que había que pasar arrastras.
Nos íbamos acercando continuamente hacia el creciente
sonido a los sistemas de ventilación, que producían
eco a millas de distancia.
Nuestr*s vigilantes ya estaban colocad*s en sus sitios.
Era el momento de entrar. Utilizamos las cizallas para
hacer salidas de emergencia cada pocos metros en la
valla con alambres de espinos, por si había que
huir precipitadamente. Esto no era muy probable, el
sistema de seguridad era tan efectivo y amenazador como
un hombre sordo de 95 años. La valla ni siquiera
tocaba el suelo en muchos lugares, dejando espacios
de poco mas de un metro, por los que arrastrarse. Además,
la puerta trasera nunca estaba lo suficientemente cerrada
como para impedir que entrásemos y saliésemos
en anteriores inspecciones.
Sabíamos el horario preciso de las rondas de
vigilancia y que el empleado que trabajaba esa noche
tardaba entre 6 y 7 minutos en terminar sus rondas y
regresar a nuestro punto de entrada. La patrulla de
policía era fácil de detectar, el coche
tení focos que se veían a distancia y
lo conducían a 8 kilómetros por hora.
Al principio, cuando buscamos las unidades donde estaban
los animales nos equivocamos y miramos por dentro del
laboratorio. Escalando por las tuberías que había
en la parte posterior del edificio principal y con la
ayuda de la luz del cielo que no había desaparecido
del todo, pudimos entrar en la sala de necropsias. La
primera noche que estuvimos ahí nos dimos cuenta
de que los horrores que Michelle Rokke había
descrito de esa misma habitación, seguían
siendo iguales que en 1997. Varias mesas de operaciones
estaban llenas de muestras de que se habían llevado
a cabo dolorosas disecciones, con instrumento quirúrgico
sucio esparcido y metido en baldes con sangre durante
toda la noche.
Únicamente siguiendo el hedor que desprendían
los animales al vivir en esas condiciones de hacinamiento
conseguimos llegar hasta los únicos animales
que encontramos con vida. Todas las naves de la parte
de atrás tenían alarmas y cerrojos difíciles
de abrir. Pero también tenían escaleras
de metal que subían hasta el sistema de ventilación
del edificio. Escalamos por la escalerilla y entramos
al edificio por una puerta sin cerrar que estaba a solo
3 metros sobre la puerta alarmada y cerrada con cerrojo.
El interior del laboratorio tenía un aspecto
mas impresentable que el peor de los áticos viejos
y polvorientos. Láminas de contrachapado formaban
un camino que cruzaba esa cueva de aislante de fibra
de vidrio expuesto a la vista. Los cables colgaban de
cualquier sitio sin ningún sentido. Desgarramos
y apartamos el aislante, e hicimos un agujero en el
techo (o suelo si se mira desde la planta en la que
estaban ell*s) con una sierra, esto nos permitía
llegar a la planta de abajo, donde estaban los animales.
La puerta cerrada no supuso ningún obstáculo
para la palanca, y se abrió en cuestión
de segundos.
Al entrar en la unidad l*s beagles estaban en completo
silencio. Los perr*s cuando nos vieron no hicieron ningún
ruido. En la oscuridad, pudimos ver el negro de los
ojos de los cachorros observándonos con una mezcla
de curiosidad y el intenso miedo a los humanos. Habíamos
esperado mucho tiempo este momento. Corrimos de jaula
en jaula y las abrimos todas al unísono. Cuando
vieron que el primer cachorro lo hacía, el resto
empezó a comprender que podían levantarse
y salir de esas celdas con el suelo de acero. Los cachorros
se movían de lado a lado de la unidad, aprovechando
su recién encontrada libertad para correr, saltar
y relacionarse entre ell*s. Aquell*s que eran suficientemente
pequeños los metimos en maletines especiales
para transportar perrillos en viajes, y para l*s grandes
utilizamos arneses a los que enganchamos una cuerda
para guiarlos hacia la libertad. Vaciamos la unidad
y nos llevamos con nosotr*s todo animal que ahí
había.
Yo salí con dos perros, el mas grande y el mas
pequeño de tod*s los que había dentro.
Cuando corrimos por una pista de hierba creada bajo
postes eléctricos el cachorro se convirtió
en un manojo de nervios y el mayor trotó como
si estuviésemos de paseo. Pero antes de estar
a mitad de camino de la salida, el cachorro empezó
a inquietarse y se puso a llorar. Los tres de nosotr*s
nos detuvimos un momento y el pequeño empezó
a olisquearme cuando le acaricié detrás
de las orejitas. Lo cogí en brazos y él
empezó a lamerme la cara a través del
tejido de mi máscara. “Comprendo pequeño
que estés cansado... solo eres un bebé
y estás huyendo para salvar tu vida...”
Fue en ese momento cuando me fijé en el paso
tranquilo del perro mayor. Parecía saber y comprender
que si corría pacientemente y seguía en
movimiento, jamás tendría que volver al
cubo de metal en el que le habían encerrado durante
años.
L*s tres de nosotr*s cruzamos el canal y supimos que
estábamos salvad*s. Éramos l*s últim*s
en encontrarnos con el resto del grupo. En cuanto subí
a mis nuevos amigos para ser transportados, lo único
que se veía era un mar de rabos marrones y blancos
que no paraban de moverse, y cachorros que no paraban
de saltar de un lado a otro, disfrutando del contacto
entre ell*s y jugando. A pesar de que nos íbamos
con un silencio de cautela, había un intenso
ambiente de celebración.
El comienzo del amanecer estaba ya iluminando el cielo
con un azul oscuro grisáceo, iba a llover pronto.
Unas horas después nuestras huellas desaparecerían
en el barro y l*s perr*s estarían a horas de
distancia, en su largo y bien merecido viaje a sus nuevas
vidas. El frío del invierno ya estaba acabando
y la verde primavera podía verse brillar con
nueva vida a través de la oscuridad. Era una
bonita mañana y un día completamente nuevo
para los animales.
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