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MISIÓN CUMPLIDA
Por Martín Balluch [ver +]

Reportaje de una investigación realizada a las granjas peleteras escandinavas; confrontación con un grupo de granjeros finlandeses; el juicio y el veredicto.

En Abril, una revista de economía austriaca publico un artículo sobre economía financiado por la asociación peletera austriaca. El artículo comentaba la situación actual y futura de la industria peletera de Austria, y cómo podría recuperarse de la prohibición que hubo en 1998 de que haya granjas peleteras en el país. El economista sugería algunos consejos para solucionar el descenso en las ventas, que dependía exclusivamente de la importación de productos peleteros. En concreto, un punto crucial para los peleteros austriacos era abastecerse de pieles procedentes de los países escandinavos, donde las normas de bienestar animal –según decía el reportaje- eran altas, y contrastaban enormemente con las condiciones de las granjas de Europa del Este, Rusia, China y cualquier otro lugar. El escritor comentaba la importancia de, con el objetivo de aumentar las ventas, aferrarse a esta idea de que las pieles proceden de granjas escandinavas –donde los animales viven bien- y evitar a toda costa la publicidad negativa de las grajas peleteras escandinavas, ya que, la mala publicidad sobre ella impactaría de modo negativa a las vetas de pieles en Austria.

A la vista de esto, decidí hacer mi propia investigación sobre las granjas peleteras escandinavas, y en Octubre, viajé a Dinamarca, Suecia, Noruega y Finlandia. El material fotográfico y los videos que gravé muestran muy pocas o ninguna diferencia con respecto a aquellas que había gravado en Europa del Este hacía cuatro años.

Estuve tres días grabando un total de 25 granjas peleteras en Finlandia; todas excepto una eran granjas de zorros. Visité los grandes pueblos dedicados a la industria peletera (como Kaustinen, que en él hay 130 granjas) que hay en el noroeste y que están rebosantes de granjas peleteras. En una ocasión un granjero me persiguió para que saliese de su propiedad. El acceso a todas las granjas era relativamente fácil, ya que prácticamente no tenían vallas que las rodeasen ni sistemas de seguridad.

En Suecia gravé 15 granjas en la parte alta del sur del país y otras 30 en la punta sur, en un área en la que había 70 granjas pegadas las unas a las otras. Todas ellas eran granjas de visones, y a pesar de que la mayoría tenían valla exterior, acceder a ellas era fácil, especialmente en la costa del sur, donde las granjas estaban rodeadas de bosque. Estas granjas son todas muy grandes, pero la mayor de todas con 100.000 visones –donde obtuve grabaciones sin ningún problema- estaba en el sur.

Me resultó difícil encontrar granjas en Noruega. Accedí a cinco granjas de zorros, sólo una de ellas tenía de valla exterior; ninguna de ellas disponía de sistema de seguridad. Aquellas granjas que se encontraban en las montañas eran fácil de entrar atravesando el bosque, y, de todos modos, estaban en zonas frecuentadas con turistas en las que encontrar coches extranjeros no era extraño.

En Dinamarca solo visité una granja de visones (en la que parecía no haber la más mínima seguridad), que albergaba 150.000 visones. Fui invitado a entrar por el granjero, al que le hice creer que yo era un periodista haciendo un reportaje sobre lo bien que cuidaban a los animales en las granjas peleteras escandinavas.

Durante mi viaje, conduje un total de 118 horas, atravesé 8.905 Kilómetros, visité 76 granjas peleteras y gravé 9 cintas de video y 17 carretes de 36 fotos. De vuelta en Finlandia cometí el error de enviar paquetes a Austria. Sin ninguna razón, la policía confiscó todo el material. ¿Pero cómo lograron descubrir que yo estaba enviando algo? Una posibilidad era que los oficinistas de correos encontrasen sospechoso que un extranjero se estuviese enviando a sí mismo cintas de videos y carretes de fotos cuando le quedaba poco por marcharse del país. La otra opción es que el remitente escrito en el paquete (por si había algún problema) era el de un/a activista finlandes/a por el/la cual la policía está muy interesada, y que desde correos se avisó a la policía tan pronto como vieron su nombre. Esto parecía más que lógico.

A pesar de que me las apañé para llegar a casa con algunos buenos videos, la carencia de cualquier tipo de documento sobre Finlandia supuso que el reportaje sobre las granjas peleteras escandinavas estaba incompleto. Así que me vi obligado a regresar. Para no meter a ningún activista finlandés en problemas decidí volver con dos compañeros austriacos, nuestro día de llegada fue el 9 de Noviembre. Conociendo las características del tiempo en esta época del año sabía que nos debíamos apresurar a completar el reportaje en los tres días que teníamos disponibles. Alquilamos un coche en Finlandia ya que sabía que utilizar mi coche, el cual ya era conocido y que le habían hecho seguimientos los policías finlandeses y que, sin lugar a dudas, le habían tomado los datos en mi viaje anterior era un riesgo.

Era probable que fuese arrestado en caso de que la policía descubriese que estaba otra vez en Finlandia. En caso de que eso sucediese yo intentaría recuperar a toda costa el material que anteriormente me habían robado. Pero mis miedos estaban infundados –no me arrestaron, la policía no tenía la menor idea de que yo iba para allá.

Empezamos las grabaciones y todo estaba sucediendo sin ningún percance hasta una incursión en una granja a plena luz del día. Yo estaba solo en el recinto con mis compañeros bastante lejos metidos en el coche, cuando escuché un ruido y escapé corriendo, entonces descubrí que el granjero estaba al lado del punto en el que yo había estado grabando. Hice una retirada y giré hacia el bosque aledaño hasta llegar a una carretera a cinco kilómetros de la granja, desde donde telefoneé a mis compañeros para que me viniesen a recoger con el coche.

El conductor se había marchado de los alrededores de la granja, pero el otro se encontraban descansando cerca de la carretera principal. El problema era que había otra granja bastante cerca. En realidad había granjas en todas direcciones a 100 Km. a la redonda., así que la única opción que parecíamos tener era conducir hasta superar esos 100 Km. antes de que el granjero hiciese algo que nos perjudicase. El granjero, como era lógico supo que no tramábamos nada nuevo y avisó a otros granjeros, uno de los cuales salió a la carretera y la bloqueó con su coche. Pronto llegaron más granjeros y la situación se hizo muy peligrosa. La policía llegó y tras interrogar al activista le dejaron marchar. El problema fue que en lugar de conducir fuera del área condujo un trecho y regresó al lugar en el que había sido bloqueado por los granjeros. Sin estar familiarizado con la fuerte unión que existía entre los propietarios de granjas de pieles no se dio cuenta de que estaba cavando su propia tumba, y, muy pronto se encontró rodeado por granjeros otra vez!

Al parecer, el granjero que le había cerrado el paso la primera vez sospechó algo y le siguió descubriendo que estaba regresando al mismo sitio. Mientras el activista permanecía sentado encerrado en el coche, un grupo de granjeros le rodearon mientras le gritaban y golpeaban el coche; uno sacó una escopeta y le amenazó a través de la ventana. Ahora era el turno del activista de llamar a la policía; también me mandó un mensaje avisándome. La policía registró el coche y pronto se dio cuenta de que el conductor no estaba solo. En realidad, poco tiempo después apareció el segundo activista; los dos fueron arrestados por alteración del orden en la comisaría de policía de Kokkola.

Mientras tanto, sin saber que mis compañeros habían sido arrestados, yo permanecí esperando en el bosque viendo como la noche caía. Estuve tumbado en el suelo durante horas observando la ferviente actividad de los granjeros que subían y bajaban de los coches con linternas y gritaban buscando a más activistas. Enterré en el bosque la cinta de video que había grabado y fui a buscar a mis compañeros que suponía que me estarían buscando en la estación de servicios. No me costó mucho atar los cabos sueltos.
Ya estaba bastante avanzada la noche. Yo estaba solo y con poca ropa para el largo y frío invierno del norte de Finlandia en las noches de Noviembre. Estaba en medio del territorio enemigo, sin ningún mapa, desamparado en un bosque, con granjas de pieles por todas direcciones, y granjeros encolerizados intentando cazarme. ¡Las cosas no pintaban muy bien! ¿Debía ser valiente, enfrentarme a la noche y quedarme ahí hasta el amanecer, o debía entregarme a la policía? Después de todo, ¿de qué me podían acusar? ¿Debía ponerme en contacto con activistas fineses para pedirles ayuda? Esa no era una buena opción ya que sus teléfonos seguramente estaban pinchados y les podría meter en problemas. No tenía otra opción aparte de ponerme a caminar por el bosque.

Llegué a un pequeño pueblecillo llamado Evijärvi, donde esperaba poder comprar fruta, no había comido nada desde el desayuno. Pensé que podría encontrar algún sitio donde dormir o algún autobús o tren que pudiese coger.

Me equivoqué:

Las limpias y vacías calles de Evijärvi, con sus tiendas y supermercados no eran un buen sitio para estar… el supermercado que abría hasta tarde con una mujer mayor en la caja no demostró ser un lugar seguro para mí. Dos hombres entraron y se me quedaron mirando, inmediatamente sacaron sus móviles y llamaron a gente. Salí por la puerta, con la esperanza de poder llegar a los bosques, el único lugar seguro que conocía, pero estaban demasiado lejos para que los alcanzase antes de que fuese seguido por los dos hombres que me gritaron desde su coche en finlandés: “¡No te vas a ir de rositas!” El coche empezó a disminuir la velocidad, se le unió otro coche y ambos –con cinco hombres dentro-giraron e intentaron arrinconarme. Corrí de nuevo al supermercado. Había más hombre viniendo del otro lado agitando palos y porras. Algunos me pisaban los talones entré al supermercado y me metí en el almacén, pisé las sobras de comida y me metí en el cuarto de baño. Cerré con cerrojo la puerta exterior del baño y la interior y esperé.

Los granjeros gritaban, golpeaban la puerta y metían cuñas para abrirla. No tenía otra alternativa aparte de la de llamar a la policía. El policía dijo que no estaba en peligro y que llamase en cinco minutos. Tres minutos después volví a llamar, entonces me dijeron que la policía llegaría en 30 minutos. ¿En 30 minutos? ¡Respondí que en treinta minutos lo más seguro es que estuviese muerto!

Si nunca has estado en este tipo de situaciones es difícil explicarte el miedo que se apodera de ti. Eres un extranjero, completa y absolutamente arrinconado en un váter, con 30 locos armados e histéricos fuera que te ven como su enemigo de muerte –un enemigo que supone una amenaza para la comunidad a la que pertenecen. Creo que en caso de que hubieran atravesado las dos fuerzas ni siquiera me hubiese molestado en defenderme cuando me hubiesen empezado a golpear hasta matarme…

Telefoneé a mi novia en Austria:

Era surrealista. Ahí estaba yo, había hecho una barricada en un pequeño supermercado de Finlandia, hablando con la persona más cercana a mí, que se encontraba en casa a 3.000 Km. de mí, en casa. No había nada que pudiese hacer, y en cualquier caso tenía que reservar batería del móvil. El teléfono era mi único seguro de vida.

De repente, los gritos disminuyeron fuera. No sabía lo que estaba sucediendo. Exactamente 21 minutos después de que llamase a la policía alguien golpeó la puerta y dijo: “Policía, abre la puerta”. Buen intento. ¿Por qué les había costado menos de los treinta minutos que me habían dicho que les costaría llegar? Me respondieron que eran locales y que me iban a llevar a la comisaría de policía de Kokkola. Les pedí que me enseñasen la identificación, me la pasaron por debajo de la puerta. Cuando me di cuenta de que eran policías de verdad abrí la puerta.

Fui escoltado fuera del baño y avanzamos corriendo enfrente de los 30 granjeros de granjas peleteras que me esperaban con armas en la mano, atravesamos el almacén y el supermercado hasta llegar al furgón policial. Durante el viaje, llamé a activistas de Viena y le dejé un mensaje en el contestador a un abogado finlandés explicándole lo ocurrido. En la estación confiscaron todas mis pertenencias, me desnudaron en el registro, y me encerraron. Las pesadas puertas de acero no dejaban que entrase casi ningún ruido. Ni siquiera la muy potente luz brillante –ahí estuve encerrado durante los siguientes tres días- evitó que cayese en un profundo sueño.

14 horas después la puerta se abrió, y me permitieron hablar con el abogado al otro lado de la línea telefónica. Dijo que era sospechoso de haber participado en la liberación de la granja de Kokkola en la que había sido descubierto que tuvo lugar el 21 de Septiembre, y que había sido arrestado por desordenes públicos. Esto ocurrió cuatro días antes de que me llamasen a declarar en el juzgado. Les di detalles de testigos que podían explicar donde me encontraba la noche de los hechos, y aquella noche, el comunicado de 8 testigos austriacos –traducidos- estaban a su disposición, confirmando que aquella noche estuve muy lejos de ahí.

Nunca me dejaron hablar con mi abogado o con ningún otro abogado mientras estuve detenido en la comisaría. Por el contrario permanecí en total aislamiento todo el tiempo. A pesar de que dentro de mis quejas no está la de la agresión física mis gritos de ayuda a los guardias fueron totalmente ignorados, no me permitieron acceder a un teléfono, y prácticamente no me dieron comida.

El primer día no me dieron absolutamente nada de comer. El segundo día me dieron dos tarrinas de ensalada; al tercer día, dos horas antes de que soltasen en medio de la noche, me dieron de comer por segunda vez: tres patatas cocidas, una tarrina de ensaladas y dos patatas chafadas. Eso es todo lo que comí durante mi estancia. Perdí siete kilos, y no fui al baño ni una sola vez. Debido a que no había comido nada desde catorce horas antes de que arrestasen, prácticamente no había comido nada durante cuatro días.

Sin que yo lo supiese, los otros dos activistas austriacos habían estado en la misma comisaría pero en otra ala, en la que les dieron tres comidas al día, y al parecer les trataron bien. También descubrí que al abogado, a la embajada y a la gente de liberación animal austriaca les negaron cualquier contacto conmigo por parte de la policía. Otros activistas habían intentado traerme comida, ropa y juegos y regalos, pero ninguno llegó a mis manos. Después de todo era terriblemente odiado por la comunidad peletera, con la que, evidentemente, la policía de esa zona tenía fuertes lazos.

Fui interrogado en dos ocasiones con un traductor. Estas fueron las dos únicas oportunidades que tuve de reclamar la llamada telefónica y comida. Me prometieron las dos cosas, pero no lo cumplieron. En las dos ocasiones, me preguntaron con quien había contactado y que explicase qué había hecho durante cada minuto de estancia en Finlandia. Incluso me preguntaron si había pasado alguna noche con alguna chica finlandesa en alguna parte. Alegaron que testigos habían visto a una chica finlandesa dentro del coche con nosotros tres justo antes de los arrestos. Por si acaso interesase a alguien que pudiese ser interrogado por la policía en relación a este caso, oí que hicieron un registro en la casa de la activista Jukka y que fue arrestada e interrogada aparentemente por algo que yo había dicho. Quiero dejar claro que en ningún momento mencioné o impliqué a otras personas y que sólo respondí a las preguntas que se referían a mí.

Para finalizar la experiencia a cada uno de nosotros tres nos dejaron en la carretera en medio de la noche, en el corazón de un territorio de granjas peleteras. Para no llamar la atención ya que todos los granjeros nos conocían, decidimos pasar el resto de la noche en un hotel; no fuimos bien recibidos –al parecer los periódicos de los últimos días habían hablado largo y tendido sobre tres terroristas austriacos que atacaban granjas peleteras. Salimos del hotel y condujimos sin esperanza, hasta que activistas de Liberación Animal austriacos nos recogieron.

Nuestro vuelo de regreso estaba preparado para el día siguiente, pero yo estaba decidido en recuperar la cinta de video que había enterrado. Los otros dos prefirieron no correr ese riesgo, así que después de conducir a través de pequeñas carreteras rurales y caminos llenos de barro y atravesar granjas peleteras, a las cinco de la madrugada llegué a la zona del bosque en la que había enterrado la cinta. Una vez recuperada la cinta, me dirigí al encuentro de los otros. Hicimos duplicados de la cinta –las cuales ahora deben estar en manos de activistas fineses –y enviamos un comunicado de prensa a los periódicos austriacos, que habían estado al tanto de lo ocurrido y habían estado haciendo reportajes a nuestro favor. Publicaron nuestro comunicado casi sin modificaciones. Llegamos al aeropuerto de Helsinki, y durante el viaje, me hicieron por teléfono 15 entrevistas diferentes los periodistas austriacos, así como un reportaje en directo en un programa de radio de Derechos para los Animales de Viena. Los periodistas estaban particularmente interesados en saber si habíamos logrado obtener imágenes de las granjas peleteras de Finlandia, ya que, dependiendo de esto estarían contentos de poder publicar artículos destacados centrándose en especial en las condiciones de las granjas peleteras escandinavas. Les di razones para que comprendiesen que había alguna posibilidad de que existiesen esas imágenes en algún sitio, pero que primero tenía que pasar el control del aeropuerto.

Pero la historia no termina aquí. Cuando llegamos al aeropuerto, nos comunicaron que nuestros vuelos habían sido cancelados. Nadie nos pudo decir el porqué, o quien los había cancelado y con qué autoridad. Avisamos a la gente de Viena, quienes contactaron con la aerolínea y empezaron una bulla. Los tres de nosotros nos separamos y ocultamos la cinta de video. Minutos antes de despegar, de pronto nos dijeron que se nos permitía embarcar en el avión de regreso a casa. Todo nuestro equipaje fue registrado por “razones de seguridad”, al aterrizar, la cinta seguía en nuestras manos. Por fin disponíamos un repertorio completo de documentos que probaban la situación de las granjas peleteras escandinavas.

El 9 de Marzo, me juzgaron en Kokkola por realizar grabaciones en granjas finlandesas el otoño del 2003. El juicio dejó claro que se están empezando a emplear leyes anti-activistas de Liberación Animal para evitar realizar investigaciones legitimas sobre industrias de explotación animal. Si este es un precedente, entonces cualquier investigación similar será considerada un crimen, por lo que quedaría claro que los motivos políticos influyen a la hora de crear las leyes. Los jueces ya han avisado de que los documentos del juicio permanecerían en secreto durante 15 años.

Los cargos eran:

- 4 desórdenes de la tranquilidad pública por “intrusión” en granjas peleteras.
- Espiar las granjas peleteras en cuatro ocasiones diferentes.
- Tomar fotografías de un granjero sin su consentimiento.
Además, tres granjeros me han demandado para que les compense con 500 Euros a cada uno por sufrimiento psicológico provocado por mis grabaciones, por unas grabaciones que, debo añadir, ¡nunca me encontraron culpable! La policía confiscó las cintas que yo había enviado por correos y ¡sólo entonces los granjeros descubrieron que yo había estado ahí! A otro activista, que no tenía nada que ver, también se le presentaron cargos por incitarme y colaborar conmigo.

Me sorprendió lo tranquilo que transcurrió el juicio, a pesar de la presencia tanto de granjeros como de activistas de Liberación Animal. Puede que se debiese al clima y carácter frío de la gente del norte, pero debo mencionar que uno de los granjeros le dijo a la corte que sólo podría recuperar su felicidad ¡cuando yo estuviese muerto! Este tipo de declaraciones fue ignorado por el juez.

La acusación usó la carta del terrorismo, presentando material radical que había sido encontrado en la casa de mi coacusado, así como en páginas de Internet en las que se comentaban actividades en las que yo había participado en Inglaterra. Argumentó que las acciones habían sido planeadas con detenimiento y profesionalmente ejecutadas y finalmente solicitó que fuese sentenciado a prisión (me habían informado de que la mayor sentencia que podía recibir por mi “crimen” podía ser de un año, pero lo más probable era que me condenasen a 3 meses de condicional).

El caso ocupó las portadas de los periódicos locales y pequeños artículos a nivel nacional. La prensa austriaca también cubrió el juicio, y un trabajador de la embajada estuvo presente en el mismo; al ministerio de asuntos exteriores austriaco se le permitió ver sólo una copia de una hoja en la que aparecían los cargos después de que solicitasen acceder a los documentos del juicio que ahora han pasado a considerarse de ¡alto secreto!

Los activistas de Liberación Animal nos apoyaron en los juzgados y después del juicio se llevó a cabo una concentración (probablemente la primera de ese tipo en la zona) en las puertas de Jalonen, una cadena que vende pieles en Kokkola. Varias entrevistas y conferencias se organizaron en Helsinki, durante las cuales se distribuyeron DVDs de las granjas peleteras de Finlandia. A pesar de que era inevitable que no tuviésemos un juicio justo, tuvimos un apasionante apoyo de la gente de Liberación Animal, a los cuales estamos muy contentos de poder darles las gracias por habernos organizado todo. Pensamos apelar cualquier encarcelamiento y, si es necesario, acudiremos a la Corte Europea de Derechos Humanos.
El veredicto salió a la luz el 31 de Marzo en Kokkola: se me encontró cargo de romper la tranquilidad pública y de espiar a dos granjas peleteras, y d fotografiar a un individuo sin su consentimiento. Mi coacusado (que jamás estuvo cerca de ninguna de las granjas, pero cuyo nombre apareció en el remite del paquete que contenía los videos y que me confiscaron) fue encontrado culpable de los mismos tres cargos.

El total de la multa era de 1810,40 Euros, de los cuales 1000 irían a dos granjeros, y 375,40 irían destinados a los costes del juicio. No hubo sentencia de cárcel, las cintas y las fotos permanecerán en manos policiales y las actas del juicio serán secretas durante 15 años.


 
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