Este texto ha sido traducido de
la revista A.L.F. Supporters Group Newsletter del verano
del 2000.
Hace 6 ó 7 años unos colegas y yo fuimos
avisados de que existía un sitio llamado “Microbiological
laboratories” en el norte de Londres (56 Northumberland
Rd, North Harrow) ; es un pequeño laboratorio
situado en una calle de chalets adosados; al parecer,
el laboratorio años antes había sido una
cala. Pensamos que era un buen sitio para actuar: no
muchos animales, montones de documentos importantes
y por la parte de atrás daba a un parquecillo.
Cogimos todas las herramientas e intentamos entrar
una noche, había una gran ventana justo en la
parte de atrás del edificio que parecía
que no tenía alarma. Habíamos estado unas
cuantas veces antes vigilando el edificio y vimos que
las celosías estaban siempre abiertas en esta
ventana de un pequeño cuarto de la limpieza,
también comprobamos que la puerta de este cuartito,
que daba al pasillo, estaba siempre abierta.
Decidimos entrar aquella misma noche por esa ventana;
nos pasamos cerca de una hora poniendo esparadrapo en
el cristal de la ventana, pusimos una manta por encima
y la rompimos de un puñetazo; el cristal de rompió
sin hacer mucho ruido, cogimos los pedazos, los sacamos
del marco y entramos dentro; en el cuarto nos dimos
cuenta de que habían cerrado la puerta. Cogimos
la palanca e intentamos abrirla. Cuando lo conseguimos
la alarma se disparó, y al estar en una calle
llena de casas y con una comisaria a la vuelta de la
esquina decidimos marcharnos.
No tiramos la toalla y decidimos hacer otra visita
la semana siguiente; nos dimos cuenta de que había
un tragaluz a cierta altura pegado al techo, que no
parecía tener alarma y que daba al pasillo, justo
al otro lado de esa maldita puerta. Nos volvimos a organizar,
robamos una cuerda larga y resistente a los vecinos.
El plan era sujetar la cuerda arriba; quitar la reja
que protege el cristal del tragaluz y pasar otra cuerda
que nos permitiese bajar hasta el pasillo. Siempre corríamos
cierto riesgo ya que si cualquier vecino salía
al jardín y miraba en nuestra dirección
seríamos descubiertos. Pero sabíamos que
siempre hay un factor riesgo y pensamos que éste
era aceptable. De todos modos lo pensábamos hacer
entre las 2 y las 3 de la mañana, cuando la gente
estuviese durmiendo.
Esa noche todos llegamos un poco antes y nos quedamos
esperando. El vecino de al lado estaba viendo a un tal
Jim Davidson por la tele, por lo que todos nos sentamos
escuchándolo durante una hora, hasta que se fueron
a la cama; Les dimos una hora para que se durmiesen
y entonces atamos y preparamos las cuerdas. Justo cuando
estábamos a punto de escalar escuchamos los inconfundibles
sonidos de una mujer gimiendo. Nos pareció que
daba igual que estuviesen durmiendo o que estuviesen
follando, ya que en ninguno de los dos casos se preocuparían
por los ruidos de fuera. Subimos por la cuerda y nos
costó unos diez minutos hasta que conseguimos
sacar el cristal; se lo pasamos a los que estaban debajo
y luego pasamos la otra cuerda, pero ésta hizo
un fuerte ruido al pasarla por abajo, como si hubiese
chocado contra la pared. El problema era que los vecinos
habían terminado sus asuntos y estaban mirando
por la ventana; abrió las cortinas otra vez y
empezó a quitar el cerrojo a su habitación.
Todo entonces se volvió muy gracioso, apareció
en calzoncillos por una ventana que daba al tejado de
la cocina (en el piso de abajo) chillando con un extraño
acento extranjero y aplaudiendo. Los que estaban abajo
dejaron la cuerda que nos estaban pasando y se fueron
corriendo dejándonos a dos en el tejado, poco
mas altos que ese maníaco en calzoncillos que
todavía no nos había visto. Estábamos
en un serio apuro, si nos quitaba la cuerda no podíamos
bajar del tejado y no podríamos escapar; finalmente
bajamos por la cuerda y en cuestión de segundos
conseguimos escapar contentos de no haber sido pillados
pero jodidos por volver otra vez sin ningún animal.
Estábamos todos obsesionados con ese sitio;
y nos parecía que iba a ser la acción
del siglo; sabíamos que solo tres personas trabajaban
en el laboratorio, un hombre y dos mujeres que le ayudaban.
También sabíamos que a la una de la tarde
el hombre se iba a buscar su comida, así que
pensamos actuar a la luz del día (a las 13:15),
cuando estuviesen las dos mujeres solas, ¿qué
podía ser más fácil?
Nosotros éramos 5 ó 6 y cada uno de nosotros
tenía un trabajo específico que hacer;
una persona se iba a acercar a la puerta con un bloc
de notas, un paquete y un casco de motorista. El resto
estábamos escondidos pegados a la pared. Al abrir
la puerta, el supuesto repartidor metería el
pie impidiendo cerrar la puerta y entraríamos
todos. Sabíamos como era por dentro; inmediatamente
después de la puerta principal, a la izquierda
un pequeño baño, después una oficina
y detrás, subiendo unas escalerillas, estaba
el cuarto de la limpieza, la cocina y dos cuartos con
animales. El del casco entraría cogería
a las dos chicas y las metería al baño;
dos personas entrarían a la oficina metiendo
todos los documentos en sacos; y otro y yo subiríamos
las escaleras, cogeríamos los animales y los
meteríamos en bolsas adecuadas. Calculamos que
haríamos todo y estaríamos listos para
salir a través del parque en 3 ó 4 minutos.
Puede que el plan suene como poco serio, pero a nosotros
nos pareció que estaba muy bien, que seguro que
iba a funcionar, y el que la sigue la consigue y todo
eso.
Estábamos tres de nosotros escondidos detrás
de la pared, deseando que ningún vecino nos viese
por la ventana o cruzase por la calle. El “cartero”
estaba ya andando hacia la puerta pero nadie le abrió;
volvió a llamar pero no pasó nada; nos
empezamos a sentir incómodos: escondidos detrás
de una pared a plena luz del día, en una calle
llena de gente y con los pasamontañas puestos.
A mí me empezó a entrar la risa tonta,
llamó una vez más y la puerta se abrió.
Una mujer pequeña con rasgos españoles
estaba ahí de pie; se suponía que en cuanto
abriese la puerta el cartero metería su gran
bota negra por la puerta, pero en lugar de eso estuvo
intentando hablar con ella durante medio minuto. Todo
entonces empezó a volverse un poco subrealista;
nadie mas podía saber lo que estaba pasando porque
estaban detrás de mí y yo asomaba la cabeza
por el borde de la puerta, de pronto la mujer empezó
a cerrar la puerta; el “cartero” puso el
pie y todos entramos de golpe; las cosas a partir de
ese momento fueron de mal en peor. Las mujeres en lugar
de asustarse se lo tomaron como un ataque personal,
tal y como entraba por la puerta el primero recibió
una patada en los huevos (fue divertido) y la mujer
se escapó entrando en los jardincillos de los
vecinos chillando y golpeando sus ventanas. Mientras
tanto la otra mujer se dedicaba a arañarle los
ojos a uno de nosotros y a la vez intentaba activar
la alarma de incendios de la pared. Nadie quería
permanecer ahí dentro con esas maníacas;
por lo que decidimos irnos por piernas. Yo me fui corriendo
por detrás de la casa riéndome como una
hiena, triste por irnos con las manos vacías
y alegre por volver entero.
Probablemente, en el fondo todos sabíamos que
sólo había un 5% de probabilidades de
que el plan saliese bien pero había que intentarlo.
Lo esencial es que si se intenta puede funcionar, pero
si no se intenta es imposible que funcione. El elemento
sorpresa podría ser un buen arma (no sabría
decir quien tuvo más sorpresa aquel día),
pero unas veces hay suerte y otras no.
Me gustaría terminar la historia con un final
feliz, pero desgraciadamente no puedo. Desde el principio
sabíamos que no era fácil sacar animales
o cualquier otra cosa de ahí debido a que había
casas cerca… pero hay que intentarlo!
Finalmente decidimos dejar tranquilo el nº56 de
la calle Northumberland y centrarnos en otro objetivo.
Si se intenta, os aseguro que las cosas acaban saliendo
bien.
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